Ben Barek: la perla negra

Llegó en silencio y en verano 1938. En los primeros minutos de su primer partido ya iluminaba a un público marsellés muy acostumbrado al sol y a la luz en este caliente y caluroso puerto del sur de Francia. Un pase decisivo luminoso al goleador Kohut y dos goles suyos sellan un contundente 5-2 del Olympique ante el gran Racing de París. Días antes, en un partido de preparación, había marcado 8 goles a los ingleses del Southend.

El adolescente Larbi Ben Barek, pronto huérfano, nacido en Casablanca entre 1912 y 1918, según como interesaba a los clubes y selecciones, grababa en sus ojos las proezas de grandes jugadores que se producían al sol marroquí en los años 30, los del Wunderteam de Sindelar, de la Hungría de Sarosi y de la selección francesa de Veinante, Nicolas, Heisserer. Allí, en un partido con una selección de África, deslumbró a los periodistas franceses que avisaron a una estrella de la pelota, y así llegó Larbi Ben Barek en el Olympique de Marsella. Desde su debut en las calles de Casablanca, el niño Larbi lucía esas características de los futuros cracks africanos o brasileños, de esos artistas de la pelota y de la calle, de esos pobres niños que olvidaban la miseria jugando, buscando belleza y placer en el juego.

Además de su físico, su estatura, su elegancia, su estilo, Ben Barek era un atacante, un pasador y un creador... de los dos pies o de cabeza, todo lo hacía bonito, era natural en él. Tras un año espléndido en el Olympique de Marsella, la 2ª guerra mundial estalla y regresa a la U.S. Marocaine de Casablanca. Menos partidos, menos eco internacional, pero más brillantez y madurez. Seis largos años de guerra y el Stade Français parisino lo ficha tras un amistoso en Marruecos donde Larbi había sido demoníaco o mago, según que criterios periodísticos admirativos.

Según su incierta fecha de nacimiento, Ben Barek habría terminado su carrera entre los 37 y 43 años en el Olympique de Marsella en 1955. Y su carrera de internacional francés marca un récord de longevidad: 16 años entre su primera selección en 1938 y la última de sus 17 apariciones. Francia, España y la historia del fútbol lo consideran como uno de los de mayores actores del bello fútbol clásico, aunque su carrera haya sido truncada por la guerra mundial entre 1939 y 1945. Larbi Ben Barek jugaba en una época sin televisión pero alcanzó una fama universal, comparable a la de los más grandes, gracias a su magia, elegancia y efectividad en el Stade Français parisino de 1945 a 1948, y gracias a la fuerza mediática de la época: la lírica periodística...

... En 1948, cuando el Stade Français lo traspasa al Atlético de Madrid por una suma récord, un periodista parisino escribe: "Vendan el Arco de Triunfo o la Tour Eiffel, pero no vendan Ben Barek". Otro: "Nunca un futbolista fue más festejado por el público como Ben Barek, porque encantaba a todos, a los que piensan en el fútbol y a los que sienten el fútbol, porque su estilo es extraordinariamente espectacular". En el Marca español se pudo leer de Larbi: "un fenómeno, sin truco, con prodigiosa clase, con un toque de balón maravilloso, con una inteligente y soberbia concepción del juego". En el Atlético de Madrid, llegó a ser "La perla negra" de una "delantera de cristal", con el sueco Carlsson, Escudero, Juncosa y Pérez Paya, ganando dos títulos consecutivos de Campeón de España, en 1950 y 1951. Allí en el Metropolitano y en la Liga española marcó 56 goles en 113 partidos y 5 temporadas, todos esos goles treintañeros, como mínimo.

Su llegada al Atlético de Madrid había sido todo un acontecimiento con su dosis de polémica y drama: en el verano de 1948, no llegó en la pretemporada, sin que nadie supiera donde paraba, se especulaba que ya era muy viejo, pues no se sabía su edad, que era todo un farol, una operación rara, que Francia no lo dejaba irse, que África tampoco, etc... Por fin llegó, jugó, convenció y venció. El retraso era debido a que enviudó y que tuvo que acomodar sus hijos en Marruecos, antes de acomodarse en Madrid.

La vida de Larbi, desde su juventud en la pobreza y el orfanato hasta su muerte en la pobreza y el olvido, siempre fue un viaje en las ondas de la desgracia y de la felicidad.

Dicha felicidad, la encontraba él, en comunión con el público de Casablanca, de Marsella, París o Madrid, cuando se lanzaba en regates inéditos, cuando su elegante zancada perforaba las defensas y cuando sus pases eran medio goles. Maravilló a millones de ojos de estadios, propios y ajenos, amigos y enemigos. Era naturalmente espectacular, a él le gustaba el espectáculo y ofrecerlo y compartirlo con el público.

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