Ramallets

Todo equipo de ensueño requiere de una personalidad fuerte bajo los palos. El mítico conjunto barcelonista de comienzos de los 50, el de las ‘Cinco Copas’, contó con los reflejos y la valentía de un chico de barrio para proteger su portería. Antoni Ramallets acaudaló un historial fértil en títulos con su club, y colaboró además en la consecución del cuarto puesto de la selección en el Mundial de 1950. Sólo la Copa de Europa le fue esquiva: Berna y sus palos de madera cerrarían una exitosa carrera.

Al romper la década de 1940, un joven espigado, con abundante cabellera, ágil hasta lo increíble, sereno y valiente bajo los palos acudía al campo del CD Europa, club emblemático del barrio barcelonés de Gracia. Su nombre, Antoni Ramallets Simón, hijo también del barrio. Nadie podía imaginar que estaba asistiendo al nacimiento de un mito, que con el paso del tiempo sucedería nada menos que al siempre legendario Zamora. Pero así ocurrió.

Antoni Ramallets Simón había nacido el 4 de julio de 1924. Dicen que ya a los ocho años andaba parando pelotas de trapo por las calles de Gracia. Lo cierto es que con 15 años entró a trabajar en la fábrica Casacuberta. No quería estudiar, quería ser portero de fútbol. Compartió su oficio con la dedicación a varios equipos aficionados como el Racing del Guinardó. Un buen día, según cuenta él mismo, el señor Vieta -un mítico y desinteresado dirigente del CD Europa- lo tentó y se lo llevó al histórico club. Allí firmaría su primera ficha profesional: 200 pesetas al mes.

La mili se lo llevó a la Base Naval de San Fernando (Cádiz) y allí conquistó con su equipo el subcampeonato de España de la Marina. Como premio lo trasladaron a Palma de Mallorca, lo que le abrió las puertas para jugar en el RCD Mallorca desde 1944 a 1946. En mayo del 46 se fijo en él Barcelona, todo un sueño hecho realidad. Visto así puede parecer que la suya fuese una carrera fulgurante, pero lo cierto es que le costó ganar la portería del primer equipo culé. A los técnicos no acababa de convencerles su planta física, que dicho sea de paso era admirable. De modo que fue cedido al Real Valladolid, entonces en Tercera División.

Allí devino en ídolo: los de Pisuerga ascendieron a Segunda en 1948, tras un partido de promoción ganado al Racing de Santander (3-1) en el que Ramallets fue el héroe. El Barcelona lo reclamó rápidamente, lo que constituía un nuevo paso adelante, aunque no decisivo, porque Velasco -el titular- estaba en plena forma. Más de un año pasó Antoni en blanco hasta que una grave lesión de Velasco (desprendimiento de retina) en Vigo al lanzarse a los pies de Mecarle, le abrió el paso.

Ramallets recuerda: “Fue mi gran ocasión ya que aquella misma semana el Barça celebraba sus bodas de oro ante el Palmeiras y el Copenhague. Allí me gané la confianza de todos”. Y, efectivamente, a partir de aquella conmemoración, nuestro hombre entró en el camino de la leyenda con paso firme. Tanto, que llegaría a jugar en su amado Barcelona más de 500 partidos, siendo uno de los jugadores con mayor palmarés personal. Al retirarse, tras más de trece años en el club, lo hizo con títulos tan importantes como éstos: seis Ligas Españolas, cinco Copas del Generalísimo, dos Copas de Ferias, dos Copas Latinas y el subcampeonato de la Copa de Europa de 1961. A título personal obtuvo cuatro trofeos Zamora y, por su ejemplar trayectoria deportiva, la preciada Medalla al Mérito Deportivo. Con el paso del tiempo se ha ganado el título de mejor portero de la historia azulgrana, en la que figuran grandes porteros como el mítico Zamora, que no cumplió toda su vida de élite en el club, a diferencia de Ramallets. Tuvo además el honor de formar en el equipo de estrellas culés que inauguraron el Camp Nou, el 24 de septiembre de 1957.

La temporada 1951-52 supuso un punto de inflexión en la historia del Barça, pues se instaló como equipo triunfante en toda la línea, enlazando con los sentimientos populares: comenzó ser más que un club. Fue la temporada que ha pasado a la historia como la de las "Cinco Copas", (Liga Española y Copas del Generalísimo, Latina, Eva Duarte y Martini Rossi) en la conquista de las cuales Ramallets supuso un puntal básico. Aquel equipo, con Kubala de líder, el valladar Antoni en la puerta, y hombres como Segarra, Biosca, Basora, César, Moreno, Manchón, Bosch o Gonzalvo III, marcaría un hito para el barcelonismo.

Tras ocho años de titularidad en el Barça, los seleccionadores nacionales Guillermo Eizaguirre y Benito Díaz le llamaron para participar en el Mundial de 1950. Ramallets debutó en Maracaná, en el segundo partido, que se ganó por 2-0 a Chile, tras una gran exhibición del portero español, que sorprendió por su estampa, su agilidad increíble, su sangre fría cuando era preciso y su valor. Tal fue la impresión que causó a los aficionados locales que comenzaron a llamarle el "gato de Maracaná", mientras el mujerío le reconocía como el "belo goleiro".

Histórica fue la victoria sobre Inglaterra, con el famoso gol de Zarra, que Matías Prats inmortalizó, pero es de justicia concederle a Ramallets su importante porción de la tarta. El ilustre periodista Antonio Valencia, escribió en Marca: “Hoy en el primer tiempo [Ramallets] ha estado colosal y me ha hecho pensar que había resucitado Zamora, a los treinta años justos de la gesta de Amberes”.

Después vendría un empate a dos tantos con Uruguay, que a la postre sería campeón del Mundo. España acusó el esfuerzo y se hundió ante los brasileños y los suecos, clasificándose en cuarto lugar. Una inesperada gesta que Ramallets recordó con motivo del Mundial del 82 en España: “Quedamos clasificados cuartos. No estuvo mal. Hasta hoy no se ha mejorado este resultado, pero nos supo a poco”.

En total el "Gato de Maracaná" jugó 35 partidos con la selección nacional, obteniendo 18 victorias, ocho empates y nueve derrotas, encajando 51 goles.

Al romper los años 60, aquel joven espigado de Gracia había superado la cresta de la ola y se encontraba cerca del retiro. Solamente le faltaba la Copa de Europa y fue a por ella. De entrada todo pintaba bien, consiguiendo la proeza de eliminar al Real Madrid, que había levantado las cinco primeras. Y llegó la final de 1961. Escenario: Berna; rival: el Benfica portugués. El Barça abre el marcador, por obra de Kocsis, domina a su rival y exhibe trazas de campeón, pero cuatro tiros al poste de sus jugadores de campo y dos goles de los que nunca se le colaban a Ramallets dejaron la cosa en un triste 3-2. No fue posible añadir el último título al extraordinario palmarés de Antoni Ramallets Simón, que se retiraría entregando el testigo al valenciano Pesudo.

Aún tendría su cuota de gloria como entrenador, clasificando en 1963 al Valladolid en cuarto lugar de la Liga, lo que constituye la mejor clasificación de la historia del club pucelano.
Fuente: Don Balón

Eulogio Martínez

Ciertos delanteros son capaces de elevar el gol a la categoría de arte. Uno de ellos vino de Paraguay y encandiló a la parroquia del vetusto Las Corts, primero, y del vanguardista Camp Nou, después, con un virtuoso repertorio de goles. Su nombre, Eulogio Martínez, enunciaba a las claras unas raíces españolas que le permitieron despuntar también en la selección española.

Al finalizar la temporada 1955-56, en la que el FC Barcelona había terminado segundo a un punto del campeón, el Athletic Club de Bilbao, el club azulgrana realizó un puñado de incorporaciones.

Subió al primer cuadro a algunos jóvenes de su propia cantera -en aquel entonces era lo habitual- como Gensana, Vergés, Ribelles y Coll.

Junto a los citados, llegaron dos paraguayos recomendados por el secretario técnico, Pepe Samitier. Uno era Melanio Olmedo, un zaguero central alto, fuerte, muy corpulento, y de trote cansino. Le acompañaba un delantero con cara de niño bueno, de piel muy blanca –en contraste con su compañero, muy moreno–, de pierna algo corta y rodilludo, que parecía llegar casi en calidad de torna. Los dos venían de Asunción: el uno del Sol de América y el otro del Libertad, si bien con anterioridad había jugado en el Atlanta.

Este último, el delantero, se llamaba Eulogio Martínez Ramiro y no tardó nada en convertirse en ídolo de la afición barcelonista. Pronto fue Eulogio, a secas, admirado y querido por todos por su entrega, pundonor, su habilidad con el balón en los pies y su facilidad goleadora. Y todo ello a pesar de su correr con aire rústico y engañosamente insuficiente. Llegó a jugar 225 partidos con el Barça: marcó 168 goles. Olmedo tuvo menos fortuna. Apenas se alineó en siete encuentros, entre oficiales y amistosos, y ya en la temporada siguiente, fue cedido al Lérida desde donde regresó a Paraguay para dedicarse a la política. Y en ese campo si que triunfó, puesto que llegó a ser ministro, aunque en el gobierno de una dictadura militar.

A Eulogio, nacido en Asunción en 1935 en el seno de una familia española, comenzó a llamársele el "Abrelatas" por la facilidad que tenía para romper las defensas contrarias. Una de sus jugadas características que, a pesar de la reiteración siempre acababa sorprendiendo al defensa, era irse con el balón hasta la línea de fondo, entre la portería y el córner. En cuanto el adversario le acosaba, picaba el balón con la punta del exterior de su pie derecho y le hacía un sombrero espectacular que era acogido con un ¡oh! colectivo de admiración, incluso en los estadios rivales. Muchas de estas acciones acababan en gol, marcado por el propio Eulogio o servido a un compañero que, avezado por la experiencia, acompañaba atentamente la jugada.

En la temporada 1956-57, cesado el entrenador Platko (ex guardameta mítico), tomó las riendas del equipo Domingo Balmanya quien ya pudo contar plenamente con Eulogio. Y a fe que éste respondió a tope: jugó 45 partidos y marcó la nada despreciable cantidad de 37 goles. El equipo tampoco ganó la Liga, pero si la Copa del Generalísimo, en la que Eulogio vivió uno de sus días de mayor gloria. Enfrentando al Atlético de Madrid, en el entrañable campo de Las Corts, el equipo culé arrolló por 8-2. El astro paraguayo firmó… siete, ¡y le anularon otros dos! Eulogio goleó cinco veces en el primer tiempo, y dos en el segundo. Ese fue el partido de vuelta, con un equipo azulgrana que parecía haberle tomado la medida al colchonero (en el de ida había ganado por 2-5 con otro gol de Eulogio). Llegó la final de Copa, en la que se enfrentaban por vez primera los dos equipos barceloneses. Lo hicieron en Montjuic; el Barça ganó 1-0, con gol de Sampedro, el menos reconocido de una delantera en la que le acompañaban Basora, Villaverde –un uruguayo a quien también el público llegó a querer mucho– Kubala y el propio Eulogio Martínez. En la memoria de todos ha quedado este derby como el más importante y trascendente de los que han disputado los dos grandes equipos barceloneses.

El 24 de septiembre de 1957, día de la Mercè, se inauguró el Camp Nou. Cien mil espectadores abarrotaron un escenario que encandiló al mundo por ser un ejemplo de majestuosa modernidad. Entre los muchos actos programados, se disputó un duelo amistoso entre el Barcelona y una selección de Varsovia que era, en realidad, el auténtico combinado nacional polaco. Ganó el Barça por 4-2 y Eulogio Martínez inscribió su nombre con letras de oro en la historia azulgrana, al haber marcado el primero de esos cuatro goles, el primero en el nuevo estadio.

En la temporada siguiente, el FC Barcelona ganaría su primera Copa de Ferias, al imponerse a la selección de Londres, a doble partido.

Aquellos partidos no pudo jugarlos Kubala, pero la delantera que Barcelona presentó en Londres bien pudo ser calificada como de lujo: Tejada, Villaverde, Eulogio, Evaristo y Basora. En el encuentro de vuelta, Villaverde le cede su plaza a un chaval al que llamaban Luisito Suárez, llegado de A Coruña. Marcó dos goles. El Barça ganó 6-2 y Evaristo marcó otros dos, uno Vergés y uno Eulogio, que no podía quedarse sin dejar su impronta en fecha tan señalada. Fue el único que marcó en ambos partidos, ida y vuelta, ya que en Londres había conseguido el empate a dos.

En 1957, el Barcelona completó una letal nómina de goleadores con la llegada del brasileño Evaristo. Ambos compartían posición con Tejada, Kubala, Kocsis, Luis Suárez, Villaverde, Czibor y Rivelles, pero el público sólo podía contemplar a cuatro de ellos en cada partido –entonces no existían las sustituciones–. Eulogio y Evaristo formarían una sociedad implacable cara a las porterías contrarias, que logró en poco tiempo el favor de los aficionados. En aquella primera temporada juntos, Eulogio disputó 38 partidos entre Liga, Copa de Ferias, Copa de España y amistosos. Evaristo, jugó 36. Marcaron la friolera de 62 goles. A partes iguales: 31 por barba.

Aquella además la temporada en la que nuestro protagonista accedió a la internacionalidad: primero, con la selección B (octubre de 1958) y, más tarde con la absoluta, a la que defendería en ocho ocasiones y para la que firmó seis goles.

En la Liga que el Barça cosechó el curso 1959-60, Eulogio volvió a ser de los más utilizados: jugó 24 partidos y fue el segundo máximo goleador tras el madridista Pancho Puskas.

Pero el paraguayo ya comenzaba a tener problemas de obesidad. Cada entrenamiento, envuelto en plásticos desde el cuello hasta casi los pies, suponía todo un sacrificio. El sobrepeso era evidente aunque él continuaba jugando y luchando, entre el cariño de la afición. Así hasta que en 1962 se fue al Elche durante dos temporadas, después al Atlético de Madrid y, finalmente, al Europa y al Calella. Allí terminaría por arraigar, impartiendo sus conocimientos futbolísticos a la vez que regentaba un bar que le facilitó el presidente. Tuvo mala suerte en lo económico, pero en Calella había encontrado el calor, el cariño y el apoyo que le hacían falta.

En 1984, cambiando una rueda de su coche en plena carretera, fue arrollado por otro vehículo. Después de 23 días en coma, falleció.

Trágico final para uno de los puntales históricos del Barça y referencia obligada del fútbol español de mitad de siglo XX.
Fuente: Don Balón

Faas Wilkes

Llegó a Valencia en el verano de 1953 y su presencia, más allá de lo futbolístico, porque era un monstruo del balón, se convirtió en un fenómeno social que arrastró a Mestalla a aquellos que nunca habían pisado ese recinto. Faas Wilkes entró con sus regates en la historia del Valencia y fue el primer futbolista de la historia cuyos goles fueron celebrados con flamear de pañuelos. Falleció el pasado 15 de agosto.

Uno, dos, tres, cuatro… los aficionados, que acudían a Mestalla exclusivamente para verle jugar, contaban sus driblings y los defensas que quedaban sentados sobre el césped víctimas de los regates de aquel holandés que llegó al Valencia en 1953. Su nombre era Servaas Wilkes Laarts, aunque todo el mundo lo conoció como ‘Faas’ Wilkes. Nacido el 13 de octubre de 1923 en Rotterdam, siempre demostró una gran facilidad para destacar en cualquier deporte, de la natación al fútbol, aunque al final se decantó por el mundo del balón. Ya a los 18 años en las filas del Xerxes, en el que su hermano jugaba de portero, comenzó a labrarse una fama de delantero elegante dueño de un desborde impredecible para sus rivales. A los técnicos les impresionaba su figura y la forma que tenía de llevar el balón cosido a la bota. Y su carrera creció a ritmo vertiginoso.

Convertido en internacional y en verdadero ídolo, el 10 de mayo de 1947 se enfunda en el HampdenPark de Glasgow la camiseta de la FIFA ante 137.000 espectadores que acudieron para festejar el regreso de Gran Bretaña al máximo organismo futbolístico. Wilkes formó al lado de Parola (Italia), Gren y Nordhal (Suecia) y De Rui (Francia), seleccionado por el austríaco Kart Rappan: perdieron por 6-1, aunque el resultado fuese lo de menos. El holandés cautivó a Europa cuando todavía era un jugador amateur. Wilkes regresa a Holanda y comienza a pensar en la idea de pasarse al profesionalismo. Ofertas no le faltan y, finalmente, acepta una jugosísima del Inter de Milán, por el que ficha en la temporada 1949-50.

Ya en San Siro, con la elástica neroazzurra, formará pareja con el húngaro Istvan Nyers: el Inter fue el precursor en el fichaje de jugadores extranjeros a finales de los años 40. Ambos hicieron las excelencias de la afición interista, pero el equipo queda tercero en su lucha por el Scudetto muy lejos de la Juventus. La siguiente temporada, el Inter termina segundo tras el eterno rival, el Milan, y en su tercera temporada consigue otro tercer puesto. En total disputa 95 encuentros en los que anota 47 tantos. No ganó títulos, pero Wilkes caló hondo entre los aficionados por su manera espectacular de acariciar el balón. Cogía la pelota en el centro del campo y lo llevaba hasta el área contraria. Un futbolista distinto en esa época, solitario, al que en ocasiones sus compañeros le reprocharían un excesivo individualismo. Así se marchó al Torino, que después la tragedia de Superga de 1949 llevaba tiempo construyendo un equipo nuevo que hiciera olvidar al que comandara Valentino Mazzola.

Wilkes parece el jugador idóneo para ser la estrella del club granate y llega a Turín en el verano de 1952. Juega la temporada 52-53 y precisamente a finales de esta temporada, el 20 de junio, el Torino visita Mestalla, para disputar un partido de homenaje al gran Antonio Puchades (venció el Valencia por 4-1). Wilkes sentó cátedra y todos, en las gradas y en el palco, preguntaron por el nombre de ese larguirucho que parecía siempre tener el balón adherido al pie. Ese interés se tornaría poco después en un contrato.

Su paso por Mestalla causó sensación, sobre todo en su primera temporada, en la que anotó 18 goles en 28 partidos y durante la que levantó continuamente de sus asientos a la afición valencianista con sus regates inverosímiles. Sus espléndidos goles eran celebrados con flamear de pañuelos, algo insólito por quedar reservado para los toreros en las tardes de gloria. Debutó con el Valencia en el Sardinero, duelo que el equipo entrenado por Quincoces perdió por 3-1.

El Valencia terminaría levantando la Copa pero Wilkes, en su condición de extranjero, no pudo jugar. El club ‘che’ estaba inmerso en la remodelación del gran Mestalla y siempre se ha dicho que las actuaciones del astro tulipán pagaron la construcción de la nueva tribuna. Al recinto acudía gente que nunca había pisado el estadio, para ver exclusivamente las actuaciones de aquel genio del balón. Su temperamento impredecible y visión, que en ocasiones no entendían ni sus propios compañeros, hizo acuñar una frase mítica que se adjudicó a algún jugador del Valencia de aquella época: ”Què fas, Faas? ” (¿Qué haces, Faas?).

Sin embargo, en las restantes temporadas su rendimiento decayó al serle diagnosticado bocio, enfermedad de la que hubo de ser intervenido quirúrgicamente y que le obligaba a vivir frente al Mediterráneo en la playa de la Malvarrosa. La siguiente campaña, una lesión truncaría su carrera de nuevo. Wilkes era sometido a marcajes durísimos y en más de un partido terminó siendo cazado. Maltrecho, tuvo que pasar por el quirófano y se marchó a Holanda a recuperarse a finales de temporada. El Valencia terminó quinto en la tabla y su contrato, renovado por un año más. En la tercera temporada, 1955-56, Wilkes volvería a demostrar su categoría con 12 goles en 19 partidos, aunque ya acusa sus 33 años. Pese a que Wilkes sólo militó tres cursos en el club levantino, el holandés se ganó el cariño y la admiración de todos. Causó baja en el Valencia el 30 de junio de 1956, tras disputar 63 partidos de Liga y marcar 38 goles.

Nadie le olvidó. Hasta el punto que el club organizó un partido homenaje, junto al que había sido portero durante muchas temporada, Ignacio Eizaguirre. Dicho homenaje se celebró el 19 de marzo de 1957 cuando Wilkes ya había regresado a Holanda para jugar en el Rotterdam, un pequeño club que le convenció para no dejar el fútbol. Wilkes y Eizaguirre recibieron ese día de San José el cariñoso reconocimiento del público ‘che’ en un duelo ante el Wolverthampton.

La temporada siguiente, Wilkes ficha por el Venlo y brilla a gran altura en la Liga Holandesa. En verano vuelve a las playas valencianas de vacaciones y recibe una oferta del club para regresar, que no se concreta.

Entonces, recibe una propuesta del Levante, que juega en Segunda División e intenta dar el salto de categoría: la acepta sin pensarlo dos veces. Wilkes le costó al equipo de Vallejo un millón de pesetas, una fortuna para la época. Defendió la camiseta del Levante en una temporada en la que los ‘granota’ estuvieron a punto de ascender (finalizó en segunda posición, pero perdió la promoción contra la UD Las Palmas). Terminada la campaña, se retiró definitivamente en su país.

Pero el valencianismo continuó en su corazón y disputó algunos encuentros amistosos como el del 17 de marzo de 1959 frente al Stade de Reims de Just Fontaine (ganó el Valencia por 2-1) que sirvió para inaugurar la iluminación eléctrica de Mestalla.

Al colgar las botas se decantó por los negocios. Inauguró una tienda de moda en Rotterdam que bautizó con el nombre de ‘Monísima’, una palabra que recordaba su paso por España. El Valencia tampoco olvidó a Wilkes. La última vez que el equipo estuvo en Rotterdam (en 2003, para enfrentarse al Maccabi Haifa), recibió un entrañable reconocimiento en el que se le impuso la insignia de oro y brillantes del club. Por eso se sintió tanto en la capital del Turia la desaparición, el pasado 15 de agosto, del primer gran holandés de nuestra Liga.
Fuente: Don Balón

Andrade, la "Perla Negra" uruguaya

Uruguay es un caso muy particular en el fútbol mundial. Sus escasos 3 millones de habitantes en algo más de la mitad del territorio de Italia, no fueron impedimento para conquistar los máximos logros en el más popular de los deportes. Esos grandes triunfos deportivos permitieron a muchos conocer a la más pequeña de las naciones sudamericanas, mientras que para los uruguayos fueron una afirmación de su identidad nacional.

Víctor Rodríguez Andrade nació en el seno de una familia en la que el nombre de un futbolista legendario como su tío José Leandro Andrade, constituía toda una responsabilidad y un ejemplo de admiración. José Andrade fue el primer crack negro del mundo, y el primer futbolista llamado “la Maravilla Megra”, siendo predecesor de Eusebio o Pelé.

Andrade era el dueño de la banda derecha de Uruguay, camiseta con la que obtuvo la primer Copa del Mundo en 1930, además de 2 torneos Olímpicos (1924 y 1928) y 3 Copa América (1923, 1924 y 1926). Precisamente el apodo de “Maravilla Negra” surgió en los Juegos Olímpicos de París donde maravilló a la prensa europea, que hasta el momento desconocía el nivel del fútbol sudamericano.

Tal era la admiración de Víctor por su tío, que pese a que su apellido era Rodríguez, adoptó su nombre futbolístico en honor a su tío. Sin embargo, pese a la sangre de crack en sus genes, a Rodríguez Andrade le resultó muy difícil desprenderse de la comparación, que no era solo por aspectos familiares o de raza, sino que Víctor jugaba en la misma posición que su tío, en el lateral, lo que antiguamente se llamaba half izquierdo.

Quizá por las condiciones físicas que tienen los negros, los Andrade era unos verdaderos atletas, pero con la virtud de poder utilizar esa velocidad y sus grandes condiciones físicas para desbordar permanentemente por las bandas, gambetear en el momento preciso, ganar en el cuerpo a cuerpo, y tener aire para volver y neutralizar al punta rival, cuestión muy poco frecuente en la época. Todo aquello nació en los campos de juego improvisados, con ropa en lugar de postes y pelotas de trapo, donde se forjó su técnica depurada, que luego sería exhibida en las canchas del mundo.

Sin duda el hito que marco la vida de este jugador fue el Mundial del 50, en Brasil, donde se consiguió la mayor hazaña en la historia de los Mundiales. Fue la única vez que una Copa del Mundo definió el podio mediante una liguilla, y no con eliminación directa. De esta forma se llegó al último partido, entre Uruguay y Brasil, donde a la canarinha le alcanzaba un empate para ser campeón.

El dueño de casa estrenaba el estadio más grande del mundo, y era una fija, ya que además venía goleando a todos sus rivales.

El trabajo fundamental de Andrade, quien fue titular indiscutible en los 4 partidos, fue anular al crack brasileño Zizinho; objetivo que consiguió a excepción de una vez, cuando Zizinho habilitó a Friaça, para que apenas comenzado el segundo tiempo pusiera en ventaja a Brasil. Pero quizá lo ocurrido inmediatamente después del gol, fuera fundamental para el desenlace. Según contaba el propio Rodríguez Andrade: “Tal vez sea el único que lo diga, pero 100% de seguridad que es cierto. Cuando Friaça picó, el línea levantó el banderín. Y en ese segundo que perdí, se me fue los metros suficientes como para llegar de cara a Máspoli… Cuando aquello parecía derrumbarse, Jacinto (en referencia al capitán Obdulio Varela) se me acercó y me dijo: ¿Qué pasa? Fue offside, Jacinto, fue offside”. A raíz de esto, Varela “protestó, discutió con medio mundo, demoró, todo con el fin de enfriar el partido; cuando enfiló al medio, siempre con la pelota bajo el brazo, con su vozarrón tapó los gritos, a esa altura silbidos por la demora, y dijo, vamos que a estos japoneses les ganamos”. Sobre esa situación, el propio Andrade dijo que “esperé, nadie se movió, fui a protestar y cuando llegue al centro del campo, eso era un cementerio”.

Lejos de disminuir su rendimiento ante el gol y arengado por su capitán, Andrade se convirtió en un candado para el fondo charrúa y se dio el lujo de desbordar por su lateral en reiteradas ocasiones exigiendo al fondo brasileño, que finalmente caería ante Schiafino y Gigghia. Este triunfo catapulto a la historia a todos sus integrantes y por primera vez Rodríguez Andrade, dejó de ser el sobrino de José Andrade, y paso a ser “la Perla Negra”.

Cuatro años más tarde en Suiza 54, Uruguay defendía el título con la base del Mundial anterior, y el agregado de Juan Hohberg por Gigghia y en lugar de Matías Gonzalez, José Santamaría, quien luego jugaría muchos años en el Real Madrid de Puskas y Distéfano y dirigiera al seleccionado español. En dicho Mundial, Andrade volvió a jugar todos los partidos, incluso la semifinal entre Uruguay y Hungría que fue catalogado como “el más bello espectáculo futbolístico que vieron los tiempos”.

Los magiares estuvieron en ventaja de 2 goles hasta el último cuarto de hora. Allí, según la prensa de la época, de la mano de un partido espectacular de Rodríguez Andrade, Uruguay logra empatar con goles de Hohberg y Schiafino e incluso en los descuentos Schiafino tiene la victoria en sus pies luego de burlar al portero, pero su remate culmina con el balón clavado en el fango. De esta manera fuerza el alargue en donde Rodríguez Andrade termina jugando desgarrado. Finalmente, Hungría se impone 4 a 2 y le propina a Uruguay su primera derrota en la historia de las Copas del Mundo, relegándolo al cuarto lugar.

Una vez retirado de la actividad futbolística, Rodríguez Andrade, comenzó a trabajar como ujier en el Palacio Legislativo (Congreso). Allí permaneció durante cerca de 20 años.
Fuente: Don Balón

Andreu Bosch

Tímido, humilde, de noble corazón... Así le recuerdan quienes le conocieron: un futbolista que pasó por la vida como una exhalación. Su compromiso con el colectivo le convirtió en una pieza clave del Barcelona de la década de los 50, último periodo glorioso de la entidad hasta 1973. Bosch, fan de Kubala, pudo convivir con su ídolo y sus méritos deportivos le permitieron seguirle incluso hasta la selección FIFA.

Un domingo luminoso y claro, de aquellos en los que, en el antiguo campo de las Corts, el FC Barcelona jugaba a las tres de la tarde, sorprendió a los habituales la presencia en la media azulgrana de un chaval llamado Andreu Bosch Pujol. Era el año 1951 (el chico tenía 20 años escasos) y el Barça se enfrentaba a su gran rival ciudadano, el RCD Español. Muy pocos futbolistas son capaces de convencer a todo el mundo como lo hizo aquel día el muchacho que sólo una semana antes todavía se alineaba en el filial, entonces llamado España Industrial. En la salida anterior, el Barcelona había jugado en Canarias contra la UD Las Palmas y la media la habían formado Mariano Gonzalvo (Gonzalvo III) -uno de los clásicos en la historia ‘culé’, capitán en esa famosa temporada de las Cinco Copas- y Joaquín Brugué, otro joven de la misma edad de Bosch pero que en realidad era un defensa y que, con posterioridad, se afianzaría en el centro de la zaga barcelonista, cuando había que suplir a otro grande, Gustau Biosca.

Pero aquel día, en Las Palmas, la prueba no había dado buen resultado. Al entrenador, el eslovaco Fernando Daucik, a la sazón cuñado de Kubala, se le notaba algo desorientado, dubitativo… Quizá fue por eso que el capitán Gonzalvo se atrevió a sugerirle: "Mister, en el filial tenemos un chaval que juega de interior pero que podría muy bien adaptarse al puesto de medio. ¿Por qué no le llama?"

Y Daucik lo hizo. Convocó al chico y le hizo jugar de medio volante al lado de Gonzalvo III. Un acierto. Ya no se movió de la titularidad. Primero con el capitán. Y más adelante, junto a Flotats, el indesmayable marcador del fenómeno Di Stéfano.

En aquel tiempo, los equipos que podían contaban con equipos juveniles (hasta los 18 años), de aficionados y los de posibles tenían también un equipo filial. En el Barça se trataba del España Industrial, nombre de una importante empresa sita en la barriada de Hostafrancs, pegadita a Sants y las Corts, barrios de indudable raigambre barcelonista. El España Industrial contaba, en la misma sede de la firma, con un estupendo campo de hierba, para delicia de propios y extraños. Era un terreno en perfectas condiciones en el que los jóvenes se formaban con la esperanza de dar el salto al primer equipo. Como sucedió con nuestro hombre de referencia, con Gràcia, Manchón y un largo etcétera.

Por cierto, el España Industrial hizo méritos para ascender a Primera División la temporada 1952-53, renunciando a ello por su condición de equipo filial. Tres años más tarde, volvió a ganar esa plaza de privilegio y entonces el FC Barcelona decidió cambiar los estatutos, que el equipo se desvinculara oficialmente de la tutela azulgrana y que pasara a llamarse Club Deportivo Condal, con lo que pudo jugar en Primera compartiendo el Camp Nou con el Barça. Cuando ambos equipos se enfrentaron, con el Condal en la condición de local, fueron sus jugadores los que ocuparon el vestuario habitualmente destinado al FC Barcelona. Empataron a uno, resultado que perjudicó sensiblemente al Barça. Pero nadie quería que se empañara lo más mínimo la realidad, más que la simple presunción, del juego limpio. Hoy en día la labor formativa de aquel España Industrial, que luego se llamaría Barcelona Atlètic, la cumple el que conocemos como Barça B.

Andreu Bosch Pujol había llegado, pues, al primer equipo recomendado por Gonzalvo III y bendecido por Fernando Daucik. Había nacido en Barcelona, el 22 de abril de 1931 y era hijo de otro Andreu Bosch, también jugador azulgrana entre los años 1922 y 1929, que ganó precisamente la primera Liga disputada en España, la de 1928-29. Bosch padre llegó a disputar, vestido de azulgrana, 114 partidos y marcó nueve goles. Su hijo, desde 1951 hasta 1960, participó en 221 partidos y firmó 22 goles. Pero es difícil llegar y besar el santo de la manera en que lo hizo Bosch. Debutó el 30 de diciembre de 1951, ganando al Español, 2 a 0. Y al final de la temporada, ya se había proclamado campeón de Liga, de Copa, de la Copa Latina y de la Copa Eva Duarte. Esta última sin jugarla, puesto que debían disputarla los campeones de Liga y Copa, y como el Barça se había anotado los dos títulos… Una alineación tipo de aquella temporada era la formada por: Ramallets; Martín, Biosca, Seguer; Gonzalvo III, Bosch; Basora, César, Vila, Kubala y Manchón.

Apenas un año y tres meses después de su debut en la élite, el 19 de marzo de 1953, precisamente en Barcelona y contra Bélgica, Andreu Bosch debutó como internacional en una selección española en la que también se presentaba Garay. En su segundo encuentro internacional contra Argentina (Buenos Aires, 5 de julio de 1953) quien debutó fue, nada más y nada menos que Ladislao Kubala, héroe de juventud de Bosch, y a quién idolatraba más que admiraba. Tanto que, alguna vez, un compañero del Barça, medio en broma y medio en serio, llegó a espetarle: ”Eh… que también jugamos nosotros”. Y es que Bosch, en cuanto recibía el balón no tenía ojos más que para su reverenciado Laszi. En total, el medio catalán jugó ocho encuentros con la selección nacional: los dos citados y contra Chile, Suecia, Turquía, Francia, Egipto y Alemania.

En sus nueve años en el Barça se ganaron cuatro Ligas, cuatro Copas de España, una Copa Latina, dos Copas de Ferias y dos Eva Duarte. Todos aquellos que le vimos jugar recordamos su gran clase, su temple, su zancada natural y su participación en un fútbol integral que fundamentalmente premiaba el colectivo. Y quienes jugaron junto a él, sus compañeros, hablan de su gran corazón, de su humildad, de una cierta timidez y de su espíritu de compañerismo… a pesar de aquella indisimulable predilección por Kubala. Pero incluso cuando ya era un jugador consagrado –cosa que como ha quedado dicho ocurrió casi de inmediato- no se cortaba un ápice si tenía que preguntarle a su mentor, Gonzalvo III, a lo largo de un partido: “¿Lo he hecho bien? ¿Estoy bien situado?”.

Bosch se inició en el fútbol en el modesto Gurugú y de allí pasó al Deportivo Alegría, Barcelona aficionados, España Industrial, FC Barcelona (primer equipo), Real Betis y Elche CF. Después sufrió un terrible accidente automovilístico que le mantuvo un tiempo de incertidumbre en la UVI y que le dejó secuelas, complicadas posteriormente por una afección renal que le obligaba a someterse periódicamente a diálisis. En el último homenaje que en la ciudad de Granollers se dedicó al Barça de las Cinco Copas, ya se le vio muy desmejorado y no pudo quedarse al almuerzo que les ofrecieron. El 17 de diciembre de 2004, recibió el auxilio espiritual de los Santos Óleos, siendo enterrado en el cementerio de la misma Granollers.

En realidad, Andreu Bosch Pujol lo hizo todo deprisa. Llegó a lo más alto a una edad temprana, triunfó de inmediato y tuvo problemas de salud, demasiado joven.
Fuente: Don Balón

Raymond Kopa

Un cronista inglés bautizó a Raymond Kopa como el "Napoleón del fútbol". Sus temibles regates a gran velocidad, secos, cortantes e inesperados, rompían a las defensas contrarias. Lo ganó todo en el fútbol y casi todo como ser humano, dejando grandes frases para el recuerdo: "Si yo tuviera que dar un solo consejo a los jóvenes sería: amad al fútbol con la misma pasión que yo y os irá bien. Se hace bien aquello que se ama".

La historia empezó, a finales de los años veinte, en un pueblo minero del norte de Francia, Noeux -Les- Mines, donde se instaló, en busca de prosperidad y de un buen futuro, la familia polaca Kopaszewski, para trabajar en las minas. Y allí, en el duro ambiente de recios mineros, nació, el 13 de octubre de 1931, un niño que se desarrollaría, más bien, con figura escueta, corta estatura, poco peso y apariencia débil, pero con una agilidad física y sobre todo mental portentosa. No era el prototipo del sufrido minero, pero como tal empezó a trabajar. Había que ayudar. Dos hechos, no obstante, marcarían un rumbo diferente a su vida.

A los 15 años sufrió un accidente que le costó un dedo de la mano izquierda, hecho que le hizo replantearse el camino que deseaba seguir. Esta circunstancia, unida a que su casa estaba al lado del estadio de la población, lugar donde el niño consumía sus horas libres jugando al fútbol, fueron decisivas. Bueno, estas circunstancias, en realidad, lo que permitieron fue descubrir que el pequeño Kopa, así abreviaban sus colegas el complicado apellido familiar, había nacido para ser un as del fútbol mundial. Desde pequeño asombraba con el manejo del balón. Parecía llevarlo cosido a sus pies en sus habituales y diabólicas carreras hacia la portería contraria.

Campeón con el Stade de Reims

No tardó en resultarle pequeño el primer equipo de su pueblo y en 1949 pasó al SCO Angers, donde estuvo dos años. En 1951, Albert Bateux, responsable del Stade de Reims, a la sazón equipo estrella del fútbol francés, se lo llevó para encaminarlo hacia la gloria. Fichó por 1.800.000 de francos de la época y, de la mano de su mentor, se fue formando y destacando hasta 1956. En total jugó 158 partidos, marcó 48 goles y dio muchos más. Fue campeón de Francia dos veces (en 1953 y en 1955) y se hizo con la Copa Latina de 1953, en Lisboa, frente al Milan. Su fama traspasó fronteras pese a su juventud. De él se escribió: "Nadie puede frenarle cuando se infiltra con regates cortos y milimétricos". Un año antes, había debutado con la selección francesa frente a la República Federal de Alemania con victoria gala por 3-1.

Pero lo que cambió su vida fue la final de la primera Copa de Europa que disputó con el Stade de Reims, en el Parque de los Príncipes, el 13 de junio de 1956, frente al Real Madrid. Fue un partido memorable, que se tuvo que seguir por radio, mediante la voz de Matías Prats, porque entonces la tele era un sueño imposible. El Stade de Reims se adelantó por dos veces, pero a la postre Di Stéfano y sus compañeros se impusieron por un apoteósico 3-4. Don Santiago Bernabéu, más allá de la alegría por el éxito, le echó el ojo a ese pequeño diablo llamado Raymond Kopa… y se lo llevó a su Real Madrid.

Polémica con Di Stefano

No fue fácil su entrada en aquel Real Madrid, disputándole nada menos que a Di Stéfano el número 9. El gran Alfredo dijo: "La idea de Bernabéu cuando lo trajo era que jugara de delantero centro y yo de interior o extremo derecho. Probamos en los entrenamientos, pero salió todo torcido. A mí me daba lo mismo porque iba al centro igual. Estaba claro quién mandaba en el césped". De modo que Kopa jugó de extremo y a veces de interior.

Años después el Napoleón del fútbol se refirió a su estancia en el Real Madrid como "una alegría; crear juego, sin ideas herméticas, con imaginación… y tener en tu equipo a Alfredo Di Stéfano era como llevar paracaídas cuando viajas en avión. Alfredo fue todo un fenómeno, quizá el mejor de la historia". En cualquier caso, Kopa formó parte de una de las delanteras míticas de la historia del fútbol, recitadas de memoria por los privilegiados contemporáneos que tuvieron el placer de verlos jugar: Kopa, Rial, Di Stéfano, Puskas y Gento.

Tres temporadas estuvo en el triunfante Real Madrid. En ellas logró dos títulos de Liga (1956-57 y 1957-58) y tres Copas de Europa. En 1957, en el Bernabéu, los blancos ganaron la final por 2-0 a la Fiorentina; en 1958, en Bruselas, al Milan y en 1959, en Stuttgart, a su querido Stade de Reims por 2-0. Con este partido cerraba su estancia en el Real Madrid, que había comenzado a raíz de la final entre los mismos conjuntos, en el Parque de los Príncipes, y había acabado con idéntico partido, tres años y tres Copas de Europa después.

En su despedida sufrió una grave lesión, pero se mantuvo en el campo para evitar que el Madrid se quedara con diez. Todo un gesto. La alineación fue: Domínguez; Marquitos, Santamaría, Zárraga; Santiesteban, A. Ruiz; Kopa, Mateos, Di Stéfano, Rial y Gento.

En 1958 ganó el Balón de Oro, por delante de Di Stéfano y del mítico inglés Matthews, a quien la corona británica concedería el título de Sir, y en 1959, tras su tercera Copa de Europa, Santiago Bernabéu quiso renovarle por cinco años, con una tentadora oferta económica, pero Raymond decidió regresar a Francia. La recuperación de su grave lesión, unida a que su hijo había muerto de cáncer y tal vez la presión de jugar en competencia con Di Stéfano le hicieron cambiar de rumbo. Él lo explicó así: "Los negocios que poseía en Francia me reclamaban, además mi mujer no se adaptó nunca a la vida española". Con el Real Madrid jugó 103 partidos y marcó 30 goles.

Regreso al Stade de Reims

De regreso a Francia, en 1959, se reintegró a su Stade de Reims, con el que jugó durante ocho años, seis en Primera División y dos en Segunda. Finalmente, con 31 años, decidió retirarse del fútbol profesional y dedicarse a sus negocios. Pero su físico y su mente le pedían todavía guerra y puso su empeño, su trabajo y su pasión, en el fútbol, jugando como amateur en el Notre Dame Des Champs.

En 1963, antes de abandonar el fútbol profesional, tuvo la oportunidad de recibir una despedida a nivel mundial. Formó parte de la Selección del Resto del Mundo, que se enfrentó a Inglaterra en Wembley. El resultado final fue 2-1, favorable a los ingleses.

Palmarés de Kopa

A lo largo de su vida Raymond Kopa jugó en los siguientes equipos: Noeux- Les- Mines, SCO Angers, Stade de Reims, Real Madrid, de nuevo Stade de Reims y como amateur en el Notre- Dame-Des Champs. Fue cuatro veces campeón de Francia, dos veces campeón de España y tres veces campeón de Europa, obtuvo el Balón de Oro y fue distinguido por el Estado francés con la Legión de honor. En total jugó 385 partidos, 45 de ellos con la Selección de Francia, y marcó 103 goles. Sin duda, estamos hablando de registros de crack mundial.

Pelé dijo: "Jugar al fútbol es lo más simple del mundo. Sólo es menester jugar". Raymond Kopa lo puede suscribir, pero cuando se le pregunta: ¿qué hubiera hecho en el caso de participar en el fútbol actual?, responde: “está tan profesionalizado que da asco”. Kopa, el Napoleón del fútbol; genio y figura.
Fuente: Don Balón


Juan Segarra

En gran medida los acontecimientos del pasado forjan el futuro. El más que centenario FC Barcelona debe su brillante historia a cientos de personajes entrañables. Entre ellos, a lo largo de más de cien años, pocos, muy pocos, han brillado con la fuerza que lo hizo Joan Segarra, un chaval nacido en el barrio de Sants de Barcelona. Este escurridizo y delgaducho joven nació por y para el deporte, aunque fue el fútbol el que lo encumbró al Olimpo de los Dioses.

Juan Segarra Iracheta, nacido el 15 de noviembre de 1927, jugó en el Santsense, en el San Pol y posteriormente en el Vilafranca, antes de que los ojeadores de la época se fijaran en él. En 1949 ingresaba en el FC Barcelona, club que no dejaría hasta 1964. 15 años en los que desarrollaría una de las más completas carreras futbolísticas jamás vistas. Coincidió con dos épocas que tienen grabadas sus gestas con letras de oro en la historia del Barça: las Cinco Copas y el Barça de HH (Helenio Herrera).

Clásicas son esas imágenes en blanco y negro del NODO anunciando un nuevo triunfo del Barça, en las que se veía a Juan Segarra, portando el brazalete e intercambiando banderines con el capitán rival o recogiendo los trofeos que su club ganaba. En infinidad de ocasiones, era el Generalísimo quien hacía entrega de la Copa a un exultante y sudoroso Segarra.

El gran capitán

Juan Segarra, el gran capitán para los medios especializados, Juanito para sus compañeros y amigos, ha sido sin duda alguna el futbolista catalán más laureado, más respetado por compañeros y rivales y de mayor impacto en la historia del club azulgrana.

Segarra lo daba todo sobre el campo, pero siempre con limpieza y respeto. Durante toda su carrera sólo le expulsaron en una ocasión y fue por error: "Juanito, a la calle." El árbitro se equivocó y, aunque el auténtico culpable dio la cara, la decisión del juez era irrevocable. Años más tarde, cuando Juan Segarra jugó su partido de homenaje contra el Borussia Moenchengladbach, el mismo arbitro se ofreció a dirigir el partido gratuitamente en honor a Segarra y en reconocimiento a su error.

En cierta ocasión, preguntada su madre por el talento futbolístico de su hijo, ella contestó: "Sólo les puedo decir que aunque sea el mejor futbolista, aún es mejor hijo". Juan ha sido una auténtica leyenda en todos los aspectos: los profesionales, los éticos y los morales.

Motivador, todoterreno y bromista

Pero, ¿cómo jugaba el Segarra futbolista? Curiosamente, Juan explica que ha tenido camisetas con todos los dorsales excepto el 9 de delantero centro y el 1 de portero. Quizás fue uno de los primeros en ser un auténtico comodín. Los más viejos del lugar, sin embargo, explican que Segarra era un medio de corte defensivo con una técnica privilegiada. Un jugador "futurista" que se cuidaba de maravilla y que tenía un fondo físico impresionante. Normalmente jugaba en defensa por el centro o por la izquierda o por delante de la misma. Tenía un disparo potente que le valió para marcar algunos goles decisivos. Nunca se arrugaba y siempre exigía a sus compañeros el mismo nivel de compromiso.

Tanto en el Barcelona como en la Selección Española, con la que Juan disputó 25 partidos incluido el Mundial de Chile de 1962, le adoraban a pesar de recibir acaloradas broncas cuando la concentración les fallaba. Juan era el motivador, el bromista, y sobre todo un gran jugador de equipo que quería ganar con nobleza. Para Josep María Fusté, otro gran centrocampista de los sesenta y setenta, "Juan Segarra es el mejor jugador de la historia del club teniendo en cuenta la persona y el rendimiento deportivo". Ahora bien, el único Balón de Oro español, Luís Suárez, considera que "Juan Segarra debería tener una estatua en su honor por todo lo que representó: entrega, coraje, éxitos y catalanidad". El legendario Di Stéfano, una de las cuatro referencias mundiales de fútbol, siempre explica que "Segarra fue uno de los jugadores rivales más respetados por su calidad y por su actitud".

El binomio Herrera-Segarra

En 1958, aterrizó en el Barcelona el Mago, HH, Don Helenio. Juan Segarra, como capitán, no tardó en reunirse con el nuevo entrenador. Haciendo fe de su elegante talante, Segarra, ya entrado en los treinta, no dudó en explicarle a HH que él no quería ser un problema y que si por edad consideraba que no debía seguir en el FC Barcelona lo entendería. HH, absorto, le espetó: "Usted lleva una vida ejemplar, tiene un físico privilegiado, una capacidad de trabajo única, además nunca ha tenido una lesión importante y es uno de los jugadores más respetados en todos los campos de fútbol. Usted jugará hasta los cuarenta". Las dos mejores temporadas de Juan Segarra fueron las de Helenio Helenio a nivel estadístico y a nivel deportivo. El Barça lo ganó casi todo incluido el doblete (Liga y Copa) que tardaría 39 años en volver a reeditar. Con la dificultad añadida de competir contra el mejor Real Madrid de todos los tiempos, el Barcelona de Helenio Herrera y de Juan Segarra se permitieron el lujo de marcar la friolera de 96 goles en 30 partidos (temporada 58-59). Promedio récord todavía vigente.

Cuando Helenio Herrera volvió a la llamada del Barcelona en 1980, lo primero que pidió cuando pisó el Camp Nou fue que quería a su "gran capitán" como segundo entrenador. Así que Juan Segarra pasó, a petición del "Mago", de entrenador del filial a segundo entrenador de la primera plantilla del club catalán. Era la época de los Schuster, Simonsen y del secuestro de Quini. Don Helenio, a quién le brillaban los ojos ante la plata, animó a Juan Segarra a que se personase en las oficinas del club para pedir un aumento en su ficha por su nuevo cargo. Juan aceptó aunque a regañadientes y se personó en el despacho del nuevo gerente. Ante la explicación de Segarra, el nuevo y joven ejecutivo le dijo que "antes de subir la ficha debería hacer más méritos". Sin mediar palabra, como en los viejos tiempos, Segarra le cogió por la solapa y le colgó en un perchero antes de salir del despacho absolutamente entristecido ante tal desprecio.

Un mito azulgrana

Durante sus años de azulgrana, Segarra, "el gran capitán", recogió muchos trofeos: cuatro campeonatos de Liga, seis de Copa, dos Copas de Ferias y una Pequeña Copa del Mundo. Se retiró en 1964 siendo el jugador que había defendido la zamarra azulgrana en más ocasiones (528), sólo superado hoy en día por Migueli, Rexach y Amor. Posteriormente siguió ligado al club como técnico y como ferviente culé de corazón.

Si en lugar de haber nacido en España, Juan Segarra hubiese nacido en Inglaterra o en USA, donde se venera a las viejas glorias, hoy sería una reconocida leyenda viva. Sin embargo, en España sólo pondera la actualidad y a menudo nos olvidamos de que los acontecimientos del pasado, buenos y malos, forjan el futuro. Valga pues este pequeño escrito para honorar la leyenda de tan digno deportista y magnífica persona que es el gran capitán Juan Segarra.
Fuente: Don Balón


Alfonso Silva

Lo que ocurre en la actualidad, que algunos jugadores de calidad exquisita son criticados porque su pundonor es limitado, no es nuevo, ha ocurrido en la historia del fútbol desde tiempos pretéritos. Ejemplo de ello fue Alfonso Silva, el canario que tuvo sus años de esplendor jugando en el Atlético de Madrid, donde recogió numerosos elogios y levantaba admiración por su clase y su toque, aunque también fue censurado por su presunta indolencia.

Es un dato contrastado y conocido que la fructífera cantera canaria ha vivido épocas de esplendor, como cuando en la década de los años 40 de las islas dieron el salto a la península jugadores de la talla de Luis Molowny, Alfonso Silva o Rafael Mújica. En estos dos últimos casos, llegaron en 1946 al Atlético Aviación, club que pocos meses después, en enero de 1947, cambiaría su denominación por la de Atlético de Madrid.

El paso de los jugadores canarios de Las Palmas a Madrid se produjo debido a Arsenio Arocha, un ojeador del club rojiblanco, el cual no dudó en recomendar el pase de ambos al Metropolitano desde el At. Victoria. La opinión de Arsenio Arocha fue tenida en cuenta dado que estaba impresionado por las virtudes técnicas de Silva, que firmó en el verano de 1946 un contrato con el Atlético teniendo un sueldo mensual de 1.500 pesetas (9 euros) y una ficha anual de 25.000 pesetas (150 euros).

En su primera temporada en Madrid fue evidente que Silva atesoraba unas cualidades técnicas sublimes. En la grada del Metropolitano pronto fue conocido como "el Matemático", ya que era un medio volante con una gran precisión en sus pases, muy importante y participativo en la construcción del juego ofensivo del equipo. Desde luego, sus características eran para jugar de cara a la portería contraria, pero de una forma tan marcada que su poco interés por defender la portería propia no pasó desapercibido para los aficionados, lo que encendía acaloradas discusiones, una jornada sí y otra también, entre los defensores y los detractores de Silva. Ya se sabe, las clásicas discusiones de bar.

Pocos meses después, con el inicio de la temporada 47-48, esa discusión apuntada pasó al olvido, y fue por culpa de Emilio Vidal, el entrenador que colocó al canario de delantero centro. El origen de tal decisión fue que el Atlético no atravesaba una época boyante en lo económico, por lo que no era posible contratar a un ariete contrastado que por fin hiciera olvidar el rendimiento de Pruden, cuya facilidad goleadora pesaba como una losa sobre todos los jugadores que, desde el año 1941, se vestían las camiseta colchonera con el número 9. Lo que parecía una decisión extravagante, que el estilista Silva pudiera sobrevivir entre los duros defensas, no tardó demasiadas semanas en comprobarse que era un acierto, tanto en lo personal para Silva como en lo general para el Atlético. Los rojiblancos de aquella temporada 47-48 dieron espectáculo, con festines goleadores como un 5-0 al Real Madrid o un 8-0 al Sabadell.

Silva trenzaba un juego elegante, al primer toque, en corto y suave, con sus compañeros de línea, lo que enardecía al Metropolitano y a los críticos periodísticos, como Úbeda, del diario Pueblo, que bautizó a Juncosa, Vidal, Silva, Campos y Escudero como la "Delantera de seda", apodo que quedó grabado en la memoria colectiva de los aficionados. Pese a todo los elogios, y a los 73 goles a favor en los 26 partidos del campeonato, que hicieron del Atlético el equipo más realizador, no hubo títulos que celebrar al final de la temporada porque acabó en tercera posición a cuatro puntos del campeón, el FC Barcelona.

Las Ligas de HH

El auge de la carrera de Silva duró unas cuantas temporadas más, pero no todas como delantero. De entrada, la llegada de Helenio Herrera al banquillo rojiblanco aupó al equipo hasta cotas más altas como fueron la conquista de dos Ligas. En la temporada 49-50 Helenio Herrera impuso sus rudos métodos pese al público malestar de los jugadores, y acertó a conjuntar otra delantera de campanillas, la formada por Juncosa, Ben Barek, Silva, Carlsson y Escudero.

Con la Liga de 1950, ganada en la última jornada, la continuidad del proyecto de Helenio supuso pocos fichajes, pero uno, Pérez Payá, afectó a la carrera de Silva. Este joven amateur resultó ser un delantero poderoso, tanto que alcanzó la titularidad en detrimento del canario, al que Herrera no llevó al banquillo, sino que retrasó su posición como ya había probado Guillermo Eizaguirre en la selección española, y Silva empezó a jugar de mediocentro junto a Mújica, pareja que funcionó a la perfección y que colaboró en la reedición del título de Liga para el Atlético.

Sin duda, Silva atravesaba entonces el punto álgido de su carrera, con dos Ligas, cinco convocatorias para jugar con España y una popularidad in crescendo, sobre todo entre los aficionados rojiblancos y sus vecinos del barrio de Argüelles, que de vez en cuando le veían jugar en la calle Princesa con los chavales. Gestos como éste, en los que mostraba su lado más afable y social, sorprendían incluso a los directivos del Atlético, que sabían de sobra el carácter solitario, taciturno e introvertido de Silva.

Que el canario era un tipo peculiar podría dar fe, si aún viviera, un sastre de la madrileña calle Barquillo, donde Silva acudió con un representante de la Federación para hacerse el traje oficial de la selección nacional. El jugador no estaba contento con el modelo e intento introducir un cambio, lo que provocó un tira y afloja entre el directivo federativo y el colchonero ante la atónita mirada del sastre.

En realidad, su paso por la selección fue demasiado efímero, teniendo en cuenta la calidad que atesoraba, pero la anécdota del sastre, y una posterior, marcaron su imagen ante Guillermo Eizaguirre, el seleccionador de entonces. Debutó en enero de 1949, jugando en Montjuïc contra Bélgica (1-1 con gol suyo) y formando en esta delantera: Epi, Silva, César, Igoa y Gaínza. Después fue convocado para el Mundial de Brasil de 1950, y jugó de medio haciendo pareja con Puchades en el partido frente a Suecia, que perdió España por 3-1.

Tenía tanta calidad que se acomodaba a jugar en cada momento a la demarcación que le indicaba el entrenador de turno: bien de delantero, bien de centrocampista, pero su carácter no era comprendido por todos, ganándose la etiqueta de "persona extraña". La gota que colmó la paciencia del seleccionador Eizaguirre fue que en un entrenamiento Silva realizó una jugada que podía entenderse como una falta de respeto hacia sus compañeros. Con el balón dominado encaró la portería regateando a un par de defensas y al portero, momento en el que no llevó el balón a la red, sino que lo pisó sobre la línea de gol y se sentó encima del esférico... cosas de su temperamento frío y calculador... o de un genio.

Un triste adiós al Atlético

La cuestión es que también se torció su trayectoria en el Atlético, perdiendo protagonismo en el equipo hasta que en el verano de 1955 se enfrentó a Antonio Barrios, el entrenador, por lo que fue apartado de la disciplina rojiblanca durante muchos meses. La UD Las Palmas lo fichó en 1956, dónde volvió a coincidir con Mújica.

Tras la campaña 58-59, Silva colgó las botas y pasó unos malos momentos personales, al fallecer en menos de dos meses sus padres, lo que le llevó a una depresión de la que le ayudó a salir la que después sería su mujer, una alemana que logró que el canario pasara por la vicaría y cambiara Las Palmas por Konstanz (Alemania), donde, además de trabajar en una fábrica téxtil, probó suerte como entrenador en el equipo local y en el Kreuzlinger suizo.
Fuente: Don Balón

Silvio Piola

Hasta mediados de los años 90, quien iba al Estadio Robbiano de Vercelli para asistir a los encuentros del equipo de casa, noble venido a menos del fútbol italiano, habría podido cruzar sus pasos con los de un ochentón distinguido, con semblante seguro y los ojos llenos de entusiasmantes recuerdos. Silvio Piola amaba presentarse en su campo como un espectador cualquiera cada domingo de fútbol. Persona esquiva y taciturna, ajena al divismo, representaba el prototipo del piamontés medio. En realidad nació en Robbio Lomellina, cerca de Pavia, pero siempre se consideró vercellese, pues creció en aquella ciudad. En el curso de sus 24 años como futbolista vistió cinco camisetas diferentes, pero siempre mantuvo su residencia en Vercelli, donde prosiguió su vida cuando colgó las botas.

Talento precoz, empezó a marcar sus primeros tantos entre las dos guerras mundiales, sobre el césped de la Veloces, un club modesto. Fue su tío materno, Giuseppe Cavanna, portero de Pro Vercelli y Nápoles e internacional en el Mundial de 1934, quien le animó a dar sus primeros pasos en un deporte todavía no masificado. Pronto se enfundaría la blanca casaca del Pro Vercelli, siempre fascinante aunque ya en decadencia con respecto a sus orígenes, cuando las vitrinas de la entidad acogieron siete Scudetti. A Piola le gustaba evocar un partido disputado con 17 años contra al Nápoles de Cavanna, que creó un incidente familiar: ”Ganamos 6-3 y marqué tres goles. Después del quinto, entré en la portería para coger el balón y dije: ‘Me lo llevo, tú estás cansado’. Me pegó una patada que si me hubiera golpeado... Mis tías siguieron durantes varios meses diciéndome que no se comporta así con los familiares. ¡Pero el fútbol es eso!”.

El joven alcanzó la fama con rapidez, marcando 51 goles en poco más de cuatro años con la camiseta de la Pro. Seis los anotó en un mismo partido, récord de la Serie A, en un 7-2 contra la Fiorentina. Su nombre sonaba entre los dirigentes de los clubs más poderosos. A él le hubiera gustado vestir la camiseta de algún grande del Norte, quizás la de la Ambrosiana-Inter del inmenso Meazza, para aspirar a algún triunfo sin alejarse demasiado de casa. Pero chocó con un fútbol que empezaba a convertirse en negocio, en el cual los jugadores no disfrutaban de libertad de decisión, y sobre todo con un periodo histórico fuertemente influido por el clima político. Las intervenciones del secretario del Partido Fascista Marinelli y del general Vaccaro lo llevaron a Roma, a la Lazio. En nueve temporadas marcó 143 dianas en Liga, logrando muchos éxitos personales pero ninguno a nivel de club. Para los clubs romanos de aquella época era muy complicado contrarrestar a los potentísimos equipos del Norte. Sólo lo logró la Roma en la temporada 1941-42; la Lazio había estado a punto de conseguirlo seis años antes, pero el Bolonia la relegó al segundo puesto. Eran tiempos en los que los derbies a la sombra del Cupolone de San Pedro constituían encuentros épicos que valían una temporada entera. Atacante imponente y valiente, Piola siempre respondía ante el desafío. Se convirtió en mito el 16 de marzo del 1941: lesionado al comienzo, Piola volvió al campo con la cabeza fajada y una profunda herida cosida por cuatro puntos. Marcó dos tantos, el primero con su frente, sin preocuparse por su brecha.

La historia se enredó otra vez con las suertes del delantero, con el estallido de la Segunda Guerra Mundial. En el 1943, ante la posibilidad de ser reclutado, dejó Roma. Se corrió la voz de que había muerto durante una acción militar y se llegaron a celebrar misas en su memoria. Pero en realidad su vida -también la deportiva- todavía habría de prolongarse muchos años. El caos de la guerra lo había acercado a su casa, en el norte del país. Defendió el escudo del Torino durante el anómalo Campionato di Guerra dell’Alta Italia, no homologado y ganado por los bomberos de La Spezia. Los dos años siguientes continuó marcando en Turín, pero para la Juventus, con la cual rozó nuevamente el Scudetto. Ya tenía treinta y cuatro años y los dirigentes pensaron que su crepúsculo futbolístico había llegado. Lo vendieron al Novara, en Segunda y cerca de su Vercelli, donde habría podido terminar su carrera de manera honorable. Sin embargo, el atacante no se resignaba a jubilarse. Le bastaron una temporada y 16 goles para reconducir a su nuevo equipo a Primera, donde viviría otros seis años como absoluto protagonista. La carrera del ariete acabó sólo en 1954, tras 24 años y 274 tantos en la Serie A, marca aún insuperada. Única decepción: el Scudetto, muchas veces rozado, pero nunca logrado. A nivel de equipo, sólo los triunfos de la azzurri pudo consolarle.

La selección: ‘Silviogol’

Piola debutó con la selección el 24 de marzo de 1935, en el Prater de Viena, contra el Wünderteam austríaco. Su doblete realizador contribuyó a la victoria (4-2) y deshizo cualquier duda que el técnico Pozzo albergaba sobre él. El entrenador estaba empeñado en ensamblar un equipo capaz de confirmar el triunfo de 1934. El contexto político de aquel Mundial, celebrado en Italia, cuestionaba la victoria local, instrumentalizada como propaganda para el régimen fascista. Pozzo deseaba borrar todas esas sombras, armando un equipo técnico y rápido que pudiera confirmar de una manera definitiva la supremacía futbolística italiana, además en la hostil Francia, recelosa de la amistad entre Roma y Berlín. Los once azzurri, obligados a saludar al modo romano antes cada partido, no podían gozar de las simpatías en esa tierra. Pero cuando empezaban los encuentros, todo se eclipsaba por la magia de Meazza, por las jugadas de Colaussi, por los tantos de Silvio Piola. La cabalgada hacia el triunfo fue imparable: Italia superó a Noruega, a los anfitriones galos y al temible Brasil, que prefirió ahorrar el crack Leónidas, en perspectiva de una hipotética final. El sudamericano se habría contentado con ser el máximo goleador del torneo, permitiendo el paso al partido más importante a Piola -que ya se había impuesto como “Silviogol”- y a su Italia. Los azzurri disputaron la final el 19 junio del 1938, contra Hungría, en París, ante 60.000 espectadores. Gracias a un partido estrepitoso y a los dobletes de Piola y Colaussi, Italia superó los magiares por 4-2. En la tribuna de honor, el presidente francés Lebrun, profano en cuestiones de fútbol, aplaudía sonriente. El París-soir de aquel 19 de junio recogía que, cuando el estadio empezó a aplaudir cada acción de Italia, el dirigente preguntó sorprendido a un funcionario cercano si había franceses en el campo. El irónico interlocutor no pudo evitar responder: “Sí, señor presidente: Capdeville, el árbitro”.

Además del Mundial, Piola levantó una Copa Internacional, la del Dr. Gerö, una suerte de Eurocopa restringida. Y escrito en letras de oro quedaría un tanto que marcó en un amistoso de 1939 en Milán. La que parecía una increíble chilena, especialidad de "Silviogol", en realidad fue un gol con la mano. El adversario, cómo no, era Inglaterra. Piola disputaría su último compromiso con la nazionale con 39 años, en 1952, de nuevo ante Inglaterra. Con la selección jugó un total de 34 partidos, marcando 30 dianas.

Ahora el viejo estadio Robbiano de Vercelli lleva el nombre de Silvio Piola, uno de sus espectadores, el atacante más fuerte de la historia del Calcio.
Fuente: Don Balón

Héctor Scarone

Casi medio siglo antes de que Pelé-Rivelinno enloquecieran a todas las defensas del mundo, los uruguayos Scarone y Petrone escapaban de sus rivales con pases de primera entre uno y otro, jugada que bautizaron como ‘pared’. El nivel de su técnica y su imaginación le valieron a Scarone el apodo de "El mago". Zamora lo describió como "el símbolo del fútbol"; Meazza dijo de él que "fue el jugador más fantástico” que tuvo ocasión de ver.

Corría el inicio del Siglo XX y Scarone se entreveraba en las pachangas de los terrenos baldíos, al lado de la Capilla de Arroyo Seco, Uruguay. En los descansos se divertía haciendo pasar la pelota por un agujero en un alambrado (de no más de 60 centímetros de diámetro). Con sólo 15 años de edad, el joven Héctor fue a probar al club de sus amores, el Club Nacional de Fútbol. Sin embargo, y tras varias pruebas, decidieron no incorporarlo por su escuálido físico. Muchas horas de gimnasio y sacrificio después, volvió a la carga, esta vez con éxito. Se incorporó al segundo equipo, y tras cinco partidos como reserva, dio el salto al gran Nacional. Corría 1917 y Scarone tenía 19 años.

En aquel Nacional ya era figura otro ariete apodado "El rasqueta", Carlos Scarone, hermano mayor de Héctor. Su condición familiar llevó a que, en sus inicios, el recién llegado fuera llamado "El rasquetita". Los hermanos Scarone llegaron a jugar juntos casi diez años en el equipo tricolor, obteniendo seis ligas conjuntamente, además de la Copa América de 1917. Pero el tiempo opacó la figura de Carlos ante la de Héctor, que después de la retirada de su hermano obtuvo otra Liga Uruguaya más, tres Copas América, dos oros olímpicos y un Mundial, llegando a ser considerado el mejor jugador de su época.

Un adelantado a su tiempo

Como interior diestro o mediapunta, era imprevisible, ya que nunca se sabía por el costado que se iba a escapar. Era infalible a pelota parada, y tenía un inmenso catálogo de regates. Pese a su corta estatura (1,72 m), era un magnífico cabeceador, dado que sabía elevarse en el momento oportuno, descolocando a sus marcadores. Según cuenta el escritor uruguayo Eduardo Galeano, “sabía esperar el esférico en suspensión, violando la ley de gravedad”. También fue un adelantado en su divismo. La prensa de la época lo apodaba "La Borelli", prima donna de aquel entonces, debido a sus reacciones imprevisibles y caprichosas.

Su historial en la selección comenzó en 1917, cuando se puso en juego la primera Copa América oficial. En la final disputada en Montevideo, Scarone, a sus 19 años, anotó con un certero cabezazo el único gol de la final con la que los celestes derrotaron a su eterno rival, Argentina. Luego llegaron otras cuatro Copas América para Uruguay, y 13 tantos lo colocaron entre los cinco primeros goleadores históricos del añejo torneo. Además es el jugador que más goles realizó en un solo partido de la Copa, anotando cinco de los seis que Uruguay le endosó a Bolivia en la edición de 1926.

Con motivo de los Juegos Olímpicos de París de 1924, el combinado charrúa realizó una gira previa de nueve encuentros, sin perder ninguno. Durante los Juegos, Uruguay ganó todos sus partidos por al menos tres goles. El mejor jugador, y cuarto goleador del torneo con cinco tantos, fue Scarone, en el que fue su primer cameo internacional y que le valió el reconocimiento del mundo entero. Al vencer en dicha final, el conjunto uruguayo decidió saludar al público de las gradas, que había quedado maravillado con aquel desconocido seleccionado sudamericano. Para ello, los jugadores dieron una vuelta alrededor del campo saludando a todas las tribunas. Fue la primera "vuelta olímpica" de la historia.

Cuatro años más tarde, Uruguay volvió a los Juegos Olímpicos, esta vez en Amsterdam. Nuevamente arrasó hasta llegar a una final ‘rioplatense’. El primer tiempo finalizó con Uruguay y Argentina empatando a uno. La igualada se rompió en el minuto 20 de la segunda mitad cuando Tito Borjas hizo un regate, pasó a Scarone y le gritó: "¡Tuya, Héctor!". Scarone recibió el balón y anotó el gol que le dio el segundo oro olímpico a Uruguay. Dicha frase quedó impregnada en la sociedad uruguaya y sigue utilizándose hoy en día cuando alguien pasa una responsabilidad final a otro.

El Primer Mundial

El círculo triunfante se completó en 1930, cuando la FIFA organizó su primer Mundial y, además, en territorio uruguayo. Scarone ya no era el mismo jugador de diez años atrás. Sin embargo, no desentonó para que, nuevamente ante Argentina, Uruguay venciera 4-2 en la final para consagrarse como el primer campeón del mundo.

Tras el oro de París, en 1924, Scarone retornó a Nacional, realizando una gira por Europa un año después. En abril de 1925, se enfrentaron Nacional y Barcelona en Las Corts, ante 50.000 espectadores. El Barça era un rival de primer nivel y se puso 2-0 con goles del otro mago, Samitier. Sin embargo el conjunto uruguayo logró empatar con tantos de Urdinarán y Scarone.

Tan buena fue la imagen que dejó, que en 1926, tras alzar siete ligas con Nacional, el Barcelona decidió ficharlo, en lo que se consideró en su momento como la primera gran contratación internacional realizada por el club azulgrana.
No obstante, pese a ganar una Copa y un Campeonato de Catalunya, "El mago" no pudo triunfar en España. Algunas versiones atribuyeron su fugaz paso por el Barcelona a Josep Samitier, gran figura azulgrana, a quien se le acusó de no facilitarle balones. Sin embargo, ambos lo desmintieron.

Según cuentan, Scarone rechazó un contrato millonario para continuar en el Barcelona, con la intención de jugar los Juegos Olímpicos de 1928. En aquella época sólo podían participar en los Juegos deportistas amateurs, y el contrato ofrecido era profesional. "Yo pensaba en mi patria, en que pronto vendrían las Olimpíadas y en que debía vestir la camiseta celeste. Pensé en Nacional, mi club de corazón, y decidí no firmar", declaró Scarone. Este tipo de decisiones ganaron el corazón de la afición uruguaya.

Con decenas de títulos a cuestas, entre ellos una Copa del Mundo, emprendió un nuevo viaje a Europa. Esta vez fue Italia, donde en 1932 fichó por el Inter de Milán, equipo en el que permaneció un año, para luego jugar en el Palermo. De nuevo, pese a disputar más de 50 partidos y anotar 20 goles, su periplo europeo no acarreó gran éxito y en 1934 volvió al Nacional de sus amores, donde obtuvo su octava Liga. Permaneció allí hasta 1939, cuando con 41 años decidió retirarse jugando en el Montevideo Wanderers, equipo de media tabla de la Primera División uruguaya. Pese a su retiro profesional, siguió derramando su talento hasta 1950 en categorías de veteranos, ya con más de medio siglo a sus espaldas.

Tras su retirada, como tantos otros, se pasó a los banquillos y se convirtió en entrenador. Dirigió al Millonarios de Bogotá, con los argentinos Di Stefano y Pedernera; al Real Madrid, sustituyendo al inglés Keeping a principios de los años cincuenta; y al club de sus amores, Nacional, para luego convertirse en colaborador de la institución, enseñando a rematar a portería a los nuevos jugadores.

Cartero de profesión

Curiosamente, como el fútbol de aquella época era diferente al actual, pese a sus triunfos difícilmente igualables, Scarone nunca dejó su empleo en el Correo de Montevideo, donde trabajó como cartero hasta jubilarse. Un trabajador, como cualquier ser humano de carne y hueso. En sus palabras de despedida frente al féretro en el cementerio, el capitán de todos esos equipos, José Nasazzi, dijo: “Éramos jóvenes, éramos ganadores, estábamos unidos, creíamos que éramos indestructibles”. Tras su fallecimiento, una de las tribunas del Parque Central (Estadio del Nacional) fue rebautizada como Héctor Scarone, el ‘mago’ charrúa que marcó una época.
Fuente: Don Balón

Matthias Sindelar

Apodado como ‘el Mozart del fútbol’, el austríaco Matthias Sindelar (nacido el 3 de febrero de 1903) fue considerado el mejor jugador de los años treinta. Nacido en Viena, capital austríaca, y de familia judía, se crió jugando al fútbol en las calles, donde rápidamente se ganó el mote de ‘el hombre de papel’ por la facilidad con la que se infiltraba en las defensas contrarias.

Sindelar debutó en la Liga Austríaca con 15 años. Fue en el Hertha de Viena, en 1918, aunque en 1924 pasó al más popular Austria Viena. En ese mismo año ganó el primer campeonato, que repetiría en 1926, y también seis copas nacionales en 1924, 1925, 1926, 1933, 1935 y 1936, pero durante su dorada trayectoria en este equipo ganó también dos trofeos Mitropa (el primer antecedente de la Liga de Campeones) en 1933 y 1936. A los 23 años, Sindelar, habilidoso delantero, ya estaba en la selección nacional. Debutó en 1926 y terminó conduciéndola hacia las gestas más importantes. La fama del equipo austríaco era tal que fue conocido en el mundo como el Wunderteam (equipo maravilloso), que sólo perdió dos partidos en un lustro y que llegó al Mundial de Italia 1934 con la condición de máximo favorito, junto a los locales, especialmente porque las potencias sudamericanas no llegaban con sus mejores estrellas.

Por entonces, Sindelar ya era considerado el mejor jugador del mundo, y su equipo, Austria, eliminó a Francia en octavos de final (3-2), con un gol suyo, a Hungría en cuartos de final (2-1) y sólo cayó en semifinales ante Italia, en lo que para todos era el partido del Mundial. Algunos críticos dicen que Italia tenía que ganar de cualquier manera, por el sistema político imperante, el fascismo del Duce Mussolini, y así fue que se terminó imponiendo el equipo azzurro de Vittorio Pozzo por 1-0, con un gol del oriundo Guaita, en una clara falta al portero Platzer, que además era el sustituto del titular Hiden, lesionado, y que no vio el árbitro sueco Ecklind. Luego los austríacos, desmoralizados, perderían ante Alemania por el tercer lugar (3-2). No era para menos: se enteraron de que la noche previa al partido contra Italia, Mussolini había invitado a cenar a Ecklind, quien según cuentan las crónicas de la época, llegó a rechazar de cabeza un balón hacia el campo italiano.

Pero apenas pasados unos meses, Sindelar viviría la peor de las pesadillas. Austria entraría en la Anchluss, la anexión nazi de los alemanes en tiempos en los que se avecinaba la guerra a pasos agigantados. El eje Roma-Berlín seguía avanzando y el 15 de agosto de 1936 la FIFA decidió otorgarle la sede del Mundial siguiente a Francia en detrimento de la Argentina (que por rotación de continentes era la gran candidata) debido a que los galos alegaron que si Alemania había organizado los Juegos Olímpicos de Berlín en ese año, Europa debía contraponerle un torneo de orientación libertaria y aprovechando que en 1938 se llevaría a cabo la Exposición Universal en París.

Sindelar ya había integrado el equipo austríaco de los Juegos Olímpicos de Berlín, organizados por el nazismo para imponer el criterio de "raza aria", pero que terminó burlado no sólo por el velocista negro Jesse Owens, sino también en el fútbol por el propio Sindelar. Los alemanes habían cometido la torpeza de colocar un equipo suplente ante Noruega y quedaron rápidamente eliminados (2-0) y entonces el camino austríaco quedó libre hasta que fueron vencidos otra vez por Italia en la final, tal y como había sucedido dos años antes en el Mundial de Mussolini. No obstante, Sindelar fue considerado como el mejor jugador del torneo. Los italianos finalizaron con el saludo fascista con el brazo extendido. Era la tercera derrota austríaca en un ciclo que generó 28 triunfos.

Austria había jugado eliminatorias para el Mundial de 1938 y se había clasificado, naturalmente, dejando atrás a Letonia y Lituania en la fase previa. Pero fue allí cuando todo se terminó al ser anexionada por Alemania en el mismo 1938, y sus instalaciones fueron incorporadas al Tercer Reich. Para muchos, ese 13 de marzo de 1938, cuando se produjo la anexión, fue el final del Wunderteam, porque Sindelar, judío, se negó sistemáticamente a formar parte de ese equipo. Meses antes, incluso adujo toda clase de lesiones para no participar.

Ya estaba en la mira de la Gestapo, no sólo por su completa negativa a jugar para los alemanes, sino porque en un amistoso jugado en tierras teutonas, no sólo humilló a los locales (la orden era dejarse ganar) sino que acabó convirtiendo un tanto, cansado como estaba de regatear jugadores y fallar el último remate. Lo más grave, sin embargo, estaba por llegar. Después de anotar el tanto, a Sindelar se le ocurrió bailar frente al palco de autoridades nazis, un gesto ofensivo que enfureció a los allí presentes. Fue el final con su selección, después de marcar 27 goles en 44 partidos, llegar a la semifinal del Mundial 1934 y la final de los Juegos de 1936, y a obtener la Copa Internacional, en 1932, ante Italia, que fue el torneo precursor de la Eurocopa actual.

Deprimido por la situación política y por enterarse de la muerte de su legendario entrenador, Hugo Meisl, Sindelar apareció sospechosamente muerto en su habitación junto a su novia italiana Camila, en la noche del 22 al 23 de enero de 1939, con síntomas de haber inhalado monóxido de carbono. A su entierro concurrieron quince mil personas, un dato más que evidente de la popularidad de Sindelar y del respeto que se le tenía como hombre y como deportista. La conmoción que causó su fallecimiento provocó que el poeta Friedrich Torberg escribiera "A propósito de la muerte de un futbolista", un poema sobre el delantero austríaco. Se desconoce si fue asesinado, pero muchos testigos dijeron que si bien fue técnicamente un suicidio, la presión de la Gestapo era ya insostenible para el jugador.

Cuando se supo de la muerte de Sindelar, muchos de sus ex compañeros se encontraban jugando un partido en territorio austríaco y no entendieron que el árbitro parara el juego, pero al darse cuenta del motivo, muchos quedaron tirados en el suelo, llorando y abatidos. Se había marchado el mejor jugador del mundo de aquellos tiempos, hasta el extremo de que la tradicional revista inglesa World Soccer lo colocó entre los mejores cien jugadores de la historia y la Federación Internacional de Historia y Estadística de Fútbol lo denominó como mejor jugador austríaco de todos los tiempos. Un trágico final.
Fuente: Don Balón




René "El loco" Houseman

César Menotti estaba inquieto. La plantilla de Huracán permanecía concentrada en el hotel para preparar el partido del día siguiente, pero una de las grandes estrellas del equipo no se había presentado. El paso de los minutos no hizo sino aumentar la preocupación de Menotti, que se dirigió a su colaborador Poncini y le pidió que le acompañara, porque creía saber dónde encontrar a René Houseman. Se dirigieron al Bajo Belgrano, la villa de la que procedía Houseman, y al llegar allí vieron que se estaba disputando un partidillo de barrio, el picado habitual de los fines de semana. Menotti se fijó en los jugadores y vio que entre ellos no estaba Houseman. Respiró aliviado, pero la tranquilidad le duró poco, lo que tardó en dirigir sus ojos hacia el banquillo de suplentes.

Houseman estaba sentado en el banquillo, Menotti se acercó hasta él y le preguntó qué hacía allí. René le contestó: "¡Viste cómo juega el 11!". Houseman pensaba que Menotti le estaba reprendiendo por su suplencia y no por haberse ausentado de la concentración del equipo, que al día siguiente disputaba un partido de Primera División, para jugar una pachanga con los amigos del barrio. Esta anécdota, que cuenta Ángel Cappa en su maravilloso libro 'La intimidad del fútbol', refleja a la perfección cómo ha sido Houseman, apodado 'El Loco' o 'Hueso', un hombre para el que la vida ha sido como el fútbol, un juego.

Considerado uno de los mejores extremos derechos de la historia del fútbol argentino, Menotti le definió como "una mezcla de Maradona y Garrincha", mientras que Carlos Babington, otro icono de Huracán, le señaló como "el jugador más talentoso de todos". A esta colección de elogios se sumó el que recibió del Gitano Miguel Ángel Juárez: "Para mí nunca existió un jugador del estilo de Houseman. Pelé, con todo su talento, no es capaz de inventar en velocidad como René. Es el único que gambetea en el aire, sin tocar el piso. Aún admirando a Pelé, René es más dotado, más loco, más genial, más inventor con la pelota".

Pero la admiración con la que se dialogaba de su fútbol brillante, imaginativo, directo, rápido y desequilibrante desaparecía cuando se hablaba de su desordenada vida privada. Una vida atropellada, disfrutada al máximo y en la que siempre se ha mostrado tan imprevisible como sobre el césped. Houseman, que siempre presumió de ser villero y nunca ocultó su origen humilde, nunca logró familiarizarse con el significado de la palabra responsabilidad. Nacido en La Banda (Santiago del Estero), se trasladó de niño a una villa del Bajo Belgrano, en Buenos Aires, y dicen que fue precisamente esa condición de villero la que esgrimieron los responsables de Excursionistas para no admitirle en el equipo. Houseman dirigió entonces sus pasos hacia el rival, Defensores de Belgrano. De ahí pasó a Huracán, con el que salió campeón de Argentina en 1973 y vivió la época más brillante de este club y la suya propia. Internacional absoluto, participó en el Mundial de 1974 y en el triunfo de Argentina en el de 1978.

En 1980, con sólo 27 años, inició una peregrinación en las últimas cinco temporadas de su carrera que le llevó a River Plate, Colo Colo de Chile, de nuevo Huracán, Independiente, Amazulu de Sudáfrica y Excursionistas, el club que le había rechazado y en el que puso fin a su trayectoria profesional.

Las fiestas y aquel golazo a River

Dejó para el recuerdo acciones memorables sobre el césped y una importante colección de anécdotas sobre su forma de entender la vida. Fue un genio del fútbol y la única opción era aceptarle como era. Nunca cambió, porque tampoco lo intentó, y todo lo que conllevaba el profesionalismo jamás le interesó. Y lo que menos, la disciplina.

Aseguran que no soportaba las concentraciones y mucho menos pasarse las noches de los viernes y los sábados encerrado en un hotel. Cuentan que se escapaba para disputar partidos de barrio, pero también para salir de fiesta. En una de esas ocasiones dicen que se le fue la mano en un cumpleaños y regresó a la concentración en no muy buenas condiciones. Ese día, además, Huracán se enfrentaba a River Plate por la mañana y no por la tarde, como era habitual. Sin apenas tiempo para dormir ni para recuperarse de las consecuencias de la ‘dura’ noche, Houseman saltó al campo y más que jugar lo que hizo fue vagar sobre el césped. Así fue hasta que casi al final recibió el balón, se deshizo de dos centrales, Perfumo y Ártico, y superó al Pato Fillol en el mano a mano. River aún tuvo tiempo para empatar, pero el encuentro siempre fue recordado por el golazo marcado por un Houseman casi recién llegado de fiesta. Fillol declaró al respecto: “Me parece terrorífico que eso haya pasado. No habla bien de Houseman ni del cuerpo técnico”. El mismo René contó después que tras convertir el gol se hizo el lesionado, pidió el cambio y se fue directamente a casa a dormir.

Así era Houseman, al que en la actualidad, a sus 55 años, se le puede ver como un aficionado más en los partidos de Huracán.
Fuente: Futblogging

Amadeo Carrizo

Amadeo Carrizo ha sido uno de los mejores porteros de la historia, un adelantado a su tiempo, precursor de una nueva forma de actuar bajo los palos. Fue el primero que se acostumbró a salir del arco y jugar la pelota con los pies, como si de un futbolista más se tratase. Especialista en el mano a mano, utilizó antes que nadie el saque de portería para iniciar los ataques y fue uno de los pioneros en la utilización de guantes.

En alguna ocasión se permitió regatear a un rival, como en 1954 en un clásico ante Boca. Carrizo salió del área para recuperar un balón y antes de cederlo a un compañero encaró a Borrello, una de las estrellas de los xeneizes, y lo regateó ante el delirio de los seguidores de River y el estupor de los aficionados contrarios. Por todo eso y por mucho más, Amadeo es considerado el mejor portero sudamericano del siglo XX. Un guardameta que se reinventó un puesto y se adelantó al futuro. “Un Maestro sin época”, como le definió El Gráfico.

Se inició con diez años en El Fortín, un pequeño equipo de su Rufino natal, para pasar posteriormente al Buenos Aires Pacífico. En estos dos conjuntos alternaba sus actuaciones como arquero y delantero, hasta que se convenció de que su futuro estaba en la portería. Su vida cambió cuando Héctor Berra, un antiguo atleta que participó en los Juegos Olímpicos de Los Ángeles del 32, envió una carta a Carlos Peucelle, por entonces técnico de las inferiores de River, recomendándole a Carrizo. Así fue como llegó al club que marcó su carrera y en el que se mantuvo como portero titular del primer equipo durante más de 500 partidos.

En ese tiempo compartió vestuario con algunos de los mejores futbolistas argentinos de la historia, como Pipo Rossi y Di Stéfano o Muñoz, Moreno, Pedernera, Labruna y Loustau, la famosa Máquina.

Seguidor de Independiente cuando era niño, su llegada a River le cambió y desde ese momento en su corazón sólo hubo sitio para los colores de este equipo. El debut con River le llegó con 19 años, precisamente contra Independiente. River se impuso ese día por 2-1 y Camilo Cerviño pasó a la historia por ser el autor del primer gol que encajó Carrizo como profesional.

Su hoja de servicios es tan extensa como brillante. Es el futbolista que más partidos ha vestido la camiseta franjirroja y el único portero que ha sido campeón en seis ocasiones, incluido el tricampeonato de los años 1955, 1956 y 1957. Dejó la entidad en 1968, con 42 años, y apuró sus dos últimas temporadas como profesional en Millonarios de Colombia. A su regreso a Argentina tuvo un efímero paso como técnico de Deportivo Armenio y posteriormente siguió vinculado al fútbol como relaciones públicas de una marca comercial y de River Plate.

Su carrera internacional no fue tan brillante, ya que por diversas circunstancias actuó en pocas ocasiones con la selección argentina y sólo participó en el Mundial de Suecia '58 y en la Copa América de 1964.
Fuente: Futblogging