Raymond Kopa

Un cronista inglés bautizó a Raymond Kopa como el "Napoleón del fútbol". Sus temibles regates a gran velocidad, secos, cortantes e inesperados, rompían a las defensas contrarias. Lo ganó todo en el fútbol y casi todo como ser humano, dejando grandes frases para el recuerdo: "Si yo tuviera que dar un solo consejo a los jóvenes sería: amad al fútbol con la misma pasión que yo y os irá bien. Se hace bien aquello que se ama".

La historia empezó, a finales de los años veinte, en un pueblo minero del norte de Francia, Noeux -Les- Mines, donde se instaló, en busca de prosperidad y de un buen futuro, la familia polaca Kopaszewski, para trabajar en las minas. Y allí, en el duro ambiente de recios mineros, nació, el 13 de octubre de 1931, un niño que se desarrollaría, más bien, con figura escueta, corta estatura, poco peso y apariencia débil, pero con una agilidad física y sobre todo mental portentosa. No era el prototipo del sufrido minero, pero como tal empezó a trabajar. Había que ayudar. Dos hechos, no obstante, marcarían un rumbo diferente a su vida.

A los 15 años sufrió un accidente que le costó un dedo de la mano izquierda, hecho que le hizo replantearse el camino que deseaba seguir. Esta circunstancia, unida a que su casa estaba al lado del estadio de la población, lugar donde el niño consumía sus horas libres jugando al fútbol, fueron decisivas. Bueno, estas circunstancias, en realidad, lo que permitieron fue descubrir que el pequeño Kopa, así abreviaban sus colegas el complicado apellido familiar, había nacido para ser un as del fútbol mundial. Desde pequeño asombraba con el manejo del balón. Parecía llevarlo cosido a sus pies en sus habituales y diabólicas carreras hacia la portería contraria.

Campeón con el Stade de Reims

No tardó en resultarle pequeño el primer equipo de su pueblo y en 1949 pasó al SCO Angers, donde estuvo dos años. En 1951, Albert Bateux, responsable del Stade de Reims, a la sazón equipo estrella del fútbol francés, se lo llevó para encaminarlo hacia la gloria. Fichó por 1.800.000 de francos de la época y, de la mano de su mentor, se fue formando y destacando hasta 1956. En total jugó 158 partidos, marcó 48 goles y dio muchos más. Fue campeón de Francia dos veces (en 1953 y en 1955) y se hizo con la Copa Latina de 1953, en Lisboa, frente al Milan. Su fama traspasó fronteras pese a su juventud. De él se escribió: "Nadie puede frenarle cuando se infiltra con regates cortos y milimétricos". Un año antes, había debutado con la selección francesa frente a la República Federal de Alemania con victoria gala por 3-1.

Pero lo que cambió su vida fue la final de la primera Copa de Europa que disputó con el Stade de Reims, en el Parque de los Príncipes, el 13 de junio de 1956, frente al Real Madrid. Fue un partido memorable, que se tuvo que seguir por radio, mediante la voz de Matías Prats, porque entonces la tele era un sueño imposible. El Stade de Reims se adelantó por dos veces, pero a la postre Di Stéfano y sus compañeros se impusieron por un apoteósico 3-4. Don Santiago Bernabéu, más allá de la alegría por el éxito, le echó el ojo a ese pequeño diablo llamado Raymond Kopa… y se lo llevó a su Real Madrid.

Polémica con Di Stefano

No fue fácil su entrada en aquel Real Madrid, disputándole nada menos que a Di Stéfano el número 9. El gran Alfredo dijo: "La idea de Bernabéu cuando lo trajo era que jugara de delantero centro y yo de interior o extremo derecho. Probamos en los entrenamientos, pero salió todo torcido. A mí me daba lo mismo porque iba al centro igual. Estaba claro quién mandaba en el césped". De modo que Kopa jugó de extremo y a veces de interior.

Años después el Napoleón del fútbol se refirió a su estancia en el Real Madrid como "una alegría; crear juego, sin ideas herméticas, con imaginación… y tener en tu equipo a Alfredo Di Stéfano era como llevar paracaídas cuando viajas en avión. Alfredo fue todo un fenómeno, quizá el mejor de la historia". En cualquier caso, Kopa formó parte de una de las delanteras míticas de la historia del fútbol, recitadas de memoria por los privilegiados contemporáneos que tuvieron el placer de verlos jugar: Kopa, Rial, Di Stéfano, Puskas y Gento.

Tres temporadas estuvo en el triunfante Real Madrid. En ellas logró dos títulos de Liga (1956-57 y 1957-58) y tres Copas de Europa. En 1957, en el Bernabéu, los blancos ganaron la final por 2-0 a la Fiorentina; en 1958, en Bruselas, al Milan y en 1959, en Stuttgart, a su querido Stade de Reims por 2-0. Con este partido cerraba su estancia en el Real Madrid, que había comenzado a raíz de la final entre los mismos conjuntos, en el Parque de los Príncipes, y había acabado con idéntico partido, tres años y tres Copas de Europa después.

En su despedida sufrió una grave lesión, pero se mantuvo en el campo para evitar que el Madrid se quedara con diez. Todo un gesto. La alineación fue: Domínguez; Marquitos, Santamaría, Zárraga; Santiesteban, A. Ruiz; Kopa, Mateos, Di Stéfano, Rial y Gento.

En 1958 ganó el Balón de Oro, por delante de Di Stéfano y del mítico inglés Matthews, a quien la corona británica concedería el título de Sir, y en 1959, tras su tercera Copa de Europa, Santiago Bernabéu quiso renovarle por cinco años, con una tentadora oferta económica, pero Raymond decidió regresar a Francia. La recuperación de su grave lesión, unida a que su hijo había muerto de cáncer y tal vez la presión de jugar en competencia con Di Stéfano le hicieron cambiar de rumbo. Él lo explicó así: "Los negocios que poseía en Francia me reclamaban, además mi mujer no se adaptó nunca a la vida española". Con el Real Madrid jugó 103 partidos y marcó 30 goles.

Regreso al Stade de Reims

De regreso a Francia, en 1959, se reintegró a su Stade de Reims, con el que jugó durante ocho años, seis en Primera División y dos en Segunda. Finalmente, con 31 años, decidió retirarse del fútbol profesional y dedicarse a sus negocios. Pero su físico y su mente le pedían todavía guerra y puso su empeño, su trabajo y su pasión, en el fútbol, jugando como amateur en el Notre Dame Des Champs.

En 1963, antes de abandonar el fútbol profesional, tuvo la oportunidad de recibir una despedida a nivel mundial. Formó parte de la Selección del Resto del Mundo, que se enfrentó a Inglaterra en Wembley. El resultado final fue 2-1, favorable a los ingleses.

Palmarés de Kopa

A lo largo de su vida Raymond Kopa jugó en los siguientes equipos: Noeux- Les- Mines, SCO Angers, Stade de Reims, Real Madrid, de nuevo Stade de Reims y como amateur en el Notre- Dame-Des Champs. Fue cuatro veces campeón de Francia, dos veces campeón de España y tres veces campeón de Europa, obtuvo el Balón de Oro y fue distinguido por el Estado francés con la Legión de honor. En total jugó 385 partidos, 45 de ellos con la Selección de Francia, y marcó 103 goles. Sin duda, estamos hablando de registros de crack mundial.

Pelé dijo: "Jugar al fútbol es lo más simple del mundo. Sólo es menester jugar". Raymond Kopa lo puede suscribir, pero cuando se le pregunta: ¿qué hubiera hecho en el caso de participar en el fútbol actual?, responde: “está tan profesionalizado que da asco”. Kopa, el Napoleón del fútbol; genio y figura.
Fuente: Don Balón


Juan Segarra

En gran medida los acontecimientos del pasado forjan el futuro. El más que centenario FC Barcelona debe su brillante historia a cientos de personajes entrañables. Entre ellos, a lo largo de más de cien años, pocos, muy pocos, han brillado con la fuerza que lo hizo Joan Segarra, un chaval nacido en el barrio de Sants de Barcelona. Este escurridizo y delgaducho joven nació por y para el deporte, aunque fue el fútbol el que lo encumbró al Olimpo de los Dioses.

Juan Segarra Iracheta, nacido el 15 de noviembre de 1927, jugó en el Santsense, en el San Pol y posteriormente en el Vilafranca, antes de que los ojeadores de la época se fijaran en él. En 1949 ingresaba en el FC Barcelona, club que no dejaría hasta 1964. 15 años en los que desarrollaría una de las más completas carreras futbolísticas jamás vistas. Coincidió con dos épocas que tienen grabadas sus gestas con letras de oro en la historia del Barça: las Cinco Copas y el Barça de HH (Helenio Herrera).

Clásicas son esas imágenes en blanco y negro del NODO anunciando un nuevo triunfo del Barça, en las que se veía a Juan Segarra, portando el brazalete e intercambiando banderines con el capitán rival o recogiendo los trofeos que su club ganaba. En infinidad de ocasiones, era el Generalísimo quien hacía entrega de la Copa a un exultante y sudoroso Segarra.

El gran capitán

Juan Segarra, el gran capitán para los medios especializados, Juanito para sus compañeros y amigos, ha sido sin duda alguna el futbolista catalán más laureado, más respetado por compañeros y rivales y de mayor impacto en la historia del club azulgrana.

Segarra lo daba todo sobre el campo, pero siempre con limpieza y respeto. Durante toda su carrera sólo le expulsaron en una ocasión y fue por error: "Juanito, a la calle." El árbitro se equivocó y, aunque el auténtico culpable dio la cara, la decisión del juez era irrevocable. Años más tarde, cuando Juan Segarra jugó su partido de homenaje contra el Borussia Moenchengladbach, el mismo arbitro se ofreció a dirigir el partido gratuitamente en honor a Segarra y en reconocimiento a su error.

En cierta ocasión, preguntada su madre por el talento futbolístico de su hijo, ella contestó: "Sólo les puedo decir que aunque sea el mejor futbolista, aún es mejor hijo". Juan ha sido una auténtica leyenda en todos los aspectos: los profesionales, los éticos y los morales.

Motivador, todoterreno y bromista

Pero, ¿cómo jugaba el Segarra futbolista? Curiosamente, Juan explica que ha tenido camisetas con todos los dorsales excepto el 9 de delantero centro y el 1 de portero. Quizás fue uno de los primeros en ser un auténtico comodín. Los más viejos del lugar, sin embargo, explican que Segarra era un medio de corte defensivo con una técnica privilegiada. Un jugador "futurista" que se cuidaba de maravilla y que tenía un fondo físico impresionante. Normalmente jugaba en defensa por el centro o por la izquierda o por delante de la misma. Tenía un disparo potente que le valió para marcar algunos goles decisivos. Nunca se arrugaba y siempre exigía a sus compañeros el mismo nivel de compromiso.

Tanto en el Barcelona como en la Selección Española, con la que Juan disputó 25 partidos incluido el Mundial de Chile de 1962, le adoraban a pesar de recibir acaloradas broncas cuando la concentración les fallaba. Juan era el motivador, el bromista, y sobre todo un gran jugador de equipo que quería ganar con nobleza. Para Josep María Fusté, otro gran centrocampista de los sesenta y setenta, "Juan Segarra es el mejor jugador de la historia del club teniendo en cuenta la persona y el rendimiento deportivo". Ahora bien, el único Balón de Oro español, Luís Suárez, considera que "Juan Segarra debería tener una estatua en su honor por todo lo que representó: entrega, coraje, éxitos y catalanidad". El legendario Di Stéfano, una de las cuatro referencias mundiales de fútbol, siempre explica que "Segarra fue uno de los jugadores rivales más respetados por su calidad y por su actitud".

El binomio Herrera-Segarra

En 1958, aterrizó en el Barcelona el Mago, HH, Don Helenio. Juan Segarra, como capitán, no tardó en reunirse con el nuevo entrenador. Haciendo fe de su elegante talante, Segarra, ya entrado en los treinta, no dudó en explicarle a HH que él no quería ser un problema y que si por edad consideraba que no debía seguir en el FC Barcelona lo entendería. HH, absorto, le espetó: "Usted lleva una vida ejemplar, tiene un físico privilegiado, una capacidad de trabajo única, además nunca ha tenido una lesión importante y es uno de los jugadores más respetados en todos los campos de fútbol. Usted jugará hasta los cuarenta". Las dos mejores temporadas de Juan Segarra fueron las de Helenio Helenio a nivel estadístico y a nivel deportivo. El Barça lo ganó casi todo incluido el doblete (Liga y Copa) que tardaría 39 años en volver a reeditar. Con la dificultad añadida de competir contra el mejor Real Madrid de todos los tiempos, el Barcelona de Helenio Herrera y de Juan Segarra se permitieron el lujo de marcar la friolera de 96 goles en 30 partidos (temporada 58-59). Promedio récord todavía vigente.

Cuando Helenio Herrera volvió a la llamada del Barcelona en 1980, lo primero que pidió cuando pisó el Camp Nou fue que quería a su "gran capitán" como segundo entrenador. Así que Juan Segarra pasó, a petición del "Mago", de entrenador del filial a segundo entrenador de la primera plantilla del club catalán. Era la época de los Schuster, Simonsen y del secuestro de Quini. Don Helenio, a quién le brillaban los ojos ante la plata, animó a Juan Segarra a que se personase en las oficinas del club para pedir un aumento en su ficha por su nuevo cargo. Juan aceptó aunque a regañadientes y se personó en el despacho del nuevo gerente. Ante la explicación de Segarra, el nuevo y joven ejecutivo le dijo que "antes de subir la ficha debería hacer más méritos". Sin mediar palabra, como en los viejos tiempos, Segarra le cogió por la solapa y le colgó en un perchero antes de salir del despacho absolutamente entristecido ante tal desprecio.

Un mito azulgrana

Durante sus años de azulgrana, Segarra, "el gran capitán", recogió muchos trofeos: cuatro campeonatos de Liga, seis de Copa, dos Copas de Ferias y una Pequeña Copa del Mundo. Se retiró en 1964 siendo el jugador que había defendido la zamarra azulgrana en más ocasiones (528), sólo superado hoy en día por Migueli, Rexach y Amor. Posteriormente siguió ligado al club como técnico y como ferviente culé de corazón.

Si en lugar de haber nacido en España, Juan Segarra hubiese nacido en Inglaterra o en USA, donde se venera a las viejas glorias, hoy sería una reconocida leyenda viva. Sin embargo, en España sólo pondera la actualidad y a menudo nos olvidamos de que los acontecimientos del pasado, buenos y malos, forjan el futuro. Valga pues este pequeño escrito para honorar la leyenda de tan digno deportista y magnífica persona que es el gran capitán Juan Segarra.
Fuente: Don Balón


Alfonso Silva

Lo que ocurre en la actualidad, que algunos jugadores de calidad exquisita son criticados porque su pundonor es limitado, no es nuevo, ha ocurrido en la historia del fútbol desde tiempos pretéritos. Ejemplo de ello fue Alfonso Silva, el canario que tuvo sus años de esplendor jugando en el Atlético de Madrid, donde recogió numerosos elogios y levantaba admiración por su clase y su toque, aunque también fue censurado por su presunta indolencia.

Es un dato contrastado y conocido que la fructífera cantera canaria ha vivido épocas de esplendor, como cuando en la década de los años 40 de las islas dieron el salto a la península jugadores de la talla de Luis Molowny, Alfonso Silva o Rafael Mújica. En estos dos últimos casos, llegaron en 1946 al Atlético Aviación, club que pocos meses después, en enero de 1947, cambiaría su denominación por la de Atlético de Madrid.

El paso de los jugadores canarios de Las Palmas a Madrid se produjo debido a Arsenio Arocha, un ojeador del club rojiblanco, el cual no dudó en recomendar el pase de ambos al Metropolitano desde el At. Victoria. La opinión de Arsenio Arocha fue tenida en cuenta dado que estaba impresionado por las virtudes técnicas de Silva, que firmó en el verano de 1946 un contrato con el Atlético teniendo un sueldo mensual de 1.500 pesetas (9 euros) y una ficha anual de 25.000 pesetas (150 euros).

En su primera temporada en Madrid fue evidente que Silva atesoraba unas cualidades técnicas sublimes. En la grada del Metropolitano pronto fue conocido como "el Matemático", ya que era un medio volante con una gran precisión en sus pases, muy importante y participativo en la construcción del juego ofensivo del equipo. Desde luego, sus características eran para jugar de cara a la portería contraria, pero de una forma tan marcada que su poco interés por defender la portería propia no pasó desapercibido para los aficionados, lo que encendía acaloradas discusiones, una jornada sí y otra también, entre los defensores y los detractores de Silva. Ya se sabe, las clásicas discusiones de bar.

Pocos meses después, con el inicio de la temporada 47-48, esa discusión apuntada pasó al olvido, y fue por culpa de Emilio Vidal, el entrenador que colocó al canario de delantero centro. El origen de tal decisión fue que el Atlético no atravesaba una época boyante en lo económico, por lo que no era posible contratar a un ariete contrastado que por fin hiciera olvidar el rendimiento de Pruden, cuya facilidad goleadora pesaba como una losa sobre todos los jugadores que, desde el año 1941, se vestían las camiseta colchonera con el número 9. Lo que parecía una decisión extravagante, que el estilista Silva pudiera sobrevivir entre los duros defensas, no tardó demasiadas semanas en comprobarse que era un acierto, tanto en lo personal para Silva como en lo general para el Atlético. Los rojiblancos de aquella temporada 47-48 dieron espectáculo, con festines goleadores como un 5-0 al Real Madrid o un 8-0 al Sabadell.

Silva trenzaba un juego elegante, al primer toque, en corto y suave, con sus compañeros de línea, lo que enardecía al Metropolitano y a los críticos periodísticos, como Úbeda, del diario Pueblo, que bautizó a Juncosa, Vidal, Silva, Campos y Escudero como la "Delantera de seda", apodo que quedó grabado en la memoria colectiva de los aficionados. Pese a todo los elogios, y a los 73 goles a favor en los 26 partidos del campeonato, que hicieron del Atlético el equipo más realizador, no hubo títulos que celebrar al final de la temporada porque acabó en tercera posición a cuatro puntos del campeón, el FC Barcelona.

Las Ligas de HH

El auge de la carrera de Silva duró unas cuantas temporadas más, pero no todas como delantero. De entrada, la llegada de Helenio Herrera al banquillo rojiblanco aupó al equipo hasta cotas más altas como fueron la conquista de dos Ligas. En la temporada 49-50 Helenio Herrera impuso sus rudos métodos pese al público malestar de los jugadores, y acertó a conjuntar otra delantera de campanillas, la formada por Juncosa, Ben Barek, Silva, Carlsson y Escudero.

Con la Liga de 1950, ganada en la última jornada, la continuidad del proyecto de Helenio supuso pocos fichajes, pero uno, Pérez Payá, afectó a la carrera de Silva. Este joven amateur resultó ser un delantero poderoso, tanto que alcanzó la titularidad en detrimento del canario, al que Herrera no llevó al banquillo, sino que retrasó su posición como ya había probado Guillermo Eizaguirre en la selección española, y Silva empezó a jugar de mediocentro junto a Mújica, pareja que funcionó a la perfección y que colaboró en la reedición del título de Liga para el Atlético.

Sin duda, Silva atravesaba entonces el punto álgido de su carrera, con dos Ligas, cinco convocatorias para jugar con España y una popularidad in crescendo, sobre todo entre los aficionados rojiblancos y sus vecinos del barrio de Argüelles, que de vez en cuando le veían jugar en la calle Princesa con los chavales. Gestos como éste, en los que mostraba su lado más afable y social, sorprendían incluso a los directivos del Atlético, que sabían de sobra el carácter solitario, taciturno e introvertido de Silva.

Que el canario era un tipo peculiar podría dar fe, si aún viviera, un sastre de la madrileña calle Barquillo, donde Silva acudió con un representante de la Federación para hacerse el traje oficial de la selección nacional. El jugador no estaba contento con el modelo e intento introducir un cambio, lo que provocó un tira y afloja entre el directivo federativo y el colchonero ante la atónita mirada del sastre.

En realidad, su paso por la selección fue demasiado efímero, teniendo en cuenta la calidad que atesoraba, pero la anécdota del sastre, y una posterior, marcaron su imagen ante Guillermo Eizaguirre, el seleccionador de entonces. Debutó en enero de 1949, jugando en Montjuïc contra Bélgica (1-1 con gol suyo) y formando en esta delantera: Epi, Silva, César, Igoa y Gaínza. Después fue convocado para el Mundial de Brasil de 1950, y jugó de medio haciendo pareja con Puchades en el partido frente a Suecia, que perdió España por 3-1.

Tenía tanta calidad que se acomodaba a jugar en cada momento a la demarcación que le indicaba el entrenador de turno: bien de delantero, bien de centrocampista, pero su carácter no era comprendido por todos, ganándose la etiqueta de "persona extraña". La gota que colmó la paciencia del seleccionador Eizaguirre fue que en un entrenamiento Silva realizó una jugada que podía entenderse como una falta de respeto hacia sus compañeros. Con el balón dominado encaró la portería regateando a un par de defensas y al portero, momento en el que no llevó el balón a la red, sino que lo pisó sobre la línea de gol y se sentó encima del esférico... cosas de su temperamento frío y calculador... o de un genio.

Un triste adiós al Atlético

La cuestión es que también se torció su trayectoria en el Atlético, perdiendo protagonismo en el equipo hasta que en el verano de 1955 se enfrentó a Antonio Barrios, el entrenador, por lo que fue apartado de la disciplina rojiblanca durante muchos meses. La UD Las Palmas lo fichó en 1956, dónde volvió a coincidir con Mújica.

Tras la campaña 58-59, Silva colgó las botas y pasó unos malos momentos personales, al fallecer en menos de dos meses sus padres, lo que le llevó a una depresión de la que le ayudó a salir la que después sería su mujer, una alemana que logró que el canario pasara por la vicaría y cambiara Las Palmas por Konstanz (Alemania), donde, además de trabajar en una fábrica téxtil, probó suerte como entrenador en el equipo local y en el Kreuzlinger suizo.
Fuente: Don Balón

Silvio Piola

Hasta mediados de los años 90, quien iba al Estadio Robbiano de Vercelli para asistir a los encuentros del equipo de casa, noble venido a menos del fútbol italiano, habría podido cruzar sus pasos con los de un ochentón distinguido, con semblante seguro y los ojos llenos de entusiasmantes recuerdos. Silvio Piola amaba presentarse en su campo como un espectador cualquiera cada domingo de fútbol. Persona esquiva y taciturna, ajena al divismo, representaba el prototipo del piamontés medio. En realidad nació en Robbio Lomellina, cerca de Pavia, pero siempre se consideró vercellese, pues creció en aquella ciudad. En el curso de sus 24 años como futbolista vistió cinco camisetas diferentes, pero siempre mantuvo su residencia en Vercelli, donde prosiguió su vida cuando colgó las botas.

Talento precoz, empezó a marcar sus primeros tantos entre las dos guerras mundiales, sobre el césped de la Veloces, un club modesto. Fue su tío materno, Giuseppe Cavanna, portero de Pro Vercelli y Nápoles e internacional en el Mundial de 1934, quien le animó a dar sus primeros pasos en un deporte todavía no masificado. Pronto se enfundaría la blanca casaca del Pro Vercelli, siempre fascinante aunque ya en decadencia con respecto a sus orígenes, cuando las vitrinas de la entidad acogieron siete Scudetti. A Piola le gustaba evocar un partido disputado con 17 años contra al Nápoles de Cavanna, que creó un incidente familiar: ”Ganamos 6-3 y marqué tres goles. Después del quinto, entré en la portería para coger el balón y dije: ‘Me lo llevo, tú estás cansado’. Me pegó una patada que si me hubiera golpeado... Mis tías siguieron durantes varios meses diciéndome que no se comporta así con los familiares. ¡Pero el fútbol es eso!”.

El joven alcanzó la fama con rapidez, marcando 51 goles en poco más de cuatro años con la camiseta de la Pro. Seis los anotó en un mismo partido, récord de la Serie A, en un 7-2 contra la Fiorentina. Su nombre sonaba entre los dirigentes de los clubs más poderosos. A él le hubiera gustado vestir la camiseta de algún grande del Norte, quizás la de la Ambrosiana-Inter del inmenso Meazza, para aspirar a algún triunfo sin alejarse demasiado de casa. Pero chocó con un fútbol que empezaba a convertirse en negocio, en el cual los jugadores no disfrutaban de libertad de decisión, y sobre todo con un periodo histórico fuertemente influido por el clima político. Las intervenciones del secretario del Partido Fascista Marinelli y del general Vaccaro lo llevaron a Roma, a la Lazio. En nueve temporadas marcó 143 dianas en Liga, logrando muchos éxitos personales pero ninguno a nivel de club. Para los clubs romanos de aquella época era muy complicado contrarrestar a los potentísimos equipos del Norte. Sólo lo logró la Roma en la temporada 1941-42; la Lazio había estado a punto de conseguirlo seis años antes, pero el Bolonia la relegó al segundo puesto. Eran tiempos en los que los derbies a la sombra del Cupolone de San Pedro constituían encuentros épicos que valían una temporada entera. Atacante imponente y valiente, Piola siempre respondía ante el desafío. Se convirtió en mito el 16 de marzo del 1941: lesionado al comienzo, Piola volvió al campo con la cabeza fajada y una profunda herida cosida por cuatro puntos. Marcó dos tantos, el primero con su frente, sin preocuparse por su brecha.

La historia se enredó otra vez con las suertes del delantero, con el estallido de la Segunda Guerra Mundial. En el 1943, ante la posibilidad de ser reclutado, dejó Roma. Se corrió la voz de que había muerto durante una acción militar y se llegaron a celebrar misas en su memoria. Pero en realidad su vida -también la deportiva- todavía habría de prolongarse muchos años. El caos de la guerra lo había acercado a su casa, en el norte del país. Defendió el escudo del Torino durante el anómalo Campionato di Guerra dell’Alta Italia, no homologado y ganado por los bomberos de La Spezia. Los dos años siguientes continuó marcando en Turín, pero para la Juventus, con la cual rozó nuevamente el Scudetto. Ya tenía treinta y cuatro años y los dirigentes pensaron que su crepúsculo futbolístico había llegado. Lo vendieron al Novara, en Segunda y cerca de su Vercelli, donde habría podido terminar su carrera de manera honorable. Sin embargo, el atacante no se resignaba a jubilarse. Le bastaron una temporada y 16 goles para reconducir a su nuevo equipo a Primera, donde viviría otros seis años como absoluto protagonista. La carrera del ariete acabó sólo en 1954, tras 24 años y 274 tantos en la Serie A, marca aún insuperada. Única decepción: el Scudetto, muchas veces rozado, pero nunca logrado. A nivel de equipo, sólo los triunfos de la azzurri pudo consolarle.

La selección: ‘Silviogol’

Piola debutó con la selección el 24 de marzo de 1935, en el Prater de Viena, contra el Wünderteam austríaco. Su doblete realizador contribuyó a la victoria (4-2) y deshizo cualquier duda que el técnico Pozzo albergaba sobre él. El entrenador estaba empeñado en ensamblar un equipo capaz de confirmar el triunfo de 1934. El contexto político de aquel Mundial, celebrado en Italia, cuestionaba la victoria local, instrumentalizada como propaganda para el régimen fascista. Pozzo deseaba borrar todas esas sombras, armando un equipo técnico y rápido que pudiera confirmar de una manera definitiva la supremacía futbolística italiana, además en la hostil Francia, recelosa de la amistad entre Roma y Berlín. Los once azzurri, obligados a saludar al modo romano antes cada partido, no podían gozar de las simpatías en esa tierra. Pero cuando empezaban los encuentros, todo se eclipsaba por la magia de Meazza, por las jugadas de Colaussi, por los tantos de Silvio Piola. La cabalgada hacia el triunfo fue imparable: Italia superó a Noruega, a los anfitriones galos y al temible Brasil, que prefirió ahorrar el crack Leónidas, en perspectiva de una hipotética final. El sudamericano se habría contentado con ser el máximo goleador del torneo, permitiendo el paso al partido más importante a Piola -que ya se había impuesto como “Silviogol”- y a su Italia. Los azzurri disputaron la final el 19 junio del 1938, contra Hungría, en París, ante 60.000 espectadores. Gracias a un partido estrepitoso y a los dobletes de Piola y Colaussi, Italia superó los magiares por 4-2. En la tribuna de honor, el presidente francés Lebrun, profano en cuestiones de fútbol, aplaudía sonriente. El París-soir de aquel 19 de junio recogía que, cuando el estadio empezó a aplaudir cada acción de Italia, el dirigente preguntó sorprendido a un funcionario cercano si había franceses en el campo. El irónico interlocutor no pudo evitar responder: “Sí, señor presidente: Capdeville, el árbitro”.

Además del Mundial, Piola levantó una Copa Internacional, la del Dr. Gerö, una suerte de Eurocopa restringida. Y escrito en letras de oro quedaría un tanto que marcó en un amistoso de 1939 en Milán. La que parecía una increíble chilena, especialidad de "Silviogol", en realidad fue un gol con la mano. El adversario, cómo no, era Inglaterra. Piola disputaría su último compromiso con la nazionale con 39 años, en 1952, de nuevo ante Inglaterra. Con la selección jugó un total de 34 partidos, marcando 30 dianas.

Ahora el viejo estadio Robbiano de Vercelli lleva el nombre de Silvio Piola, uno de sus espectadores, el atacante más fuerte de la historia del Calcio.
Fuente: Don Balón

Héctor Scarone

Casi medio siglo antes de que Pelé-Rivelinno enloquecieran a todas las defensas del mundo, los uruguayos Scarone y Petrone escapaban de sus rivales con pases de primera entre uno y otro, jugada que bautizaron como ‘pared’. El nivel de su técnica y su imaginación le valieron a Scarone el apodo de "El mago". Zamora lo describió como "el símbolo del fútbol"; Meazza dijo de él que "fue el jugador más fantástico” que tuvo ocasión de ver.

Corría el inicio del Siglo XX y Scarone se entreveraba en las pachangas de los terrenos baldíos, al lado de la Capilla de Arroyo Seco, Uruguay. En los descansos se divertía haciendo pasar la pelota por un agujero en un alambrado (de no más de 60 centímetros de diámetro). Con sólo 15 años de edad, el joven Héctor fue a probar al club de sus amores, el Club Nacional de Fútbol. Sin embargo, y tras varias pruebas, decidieron no incorporarlo por su escuálido físico. Muchas horas de gimnasio y sacrificio después, volvió a la carga, esta vez con éxito. Se incorporó al segundo equipo, y tras cinco partidos como reserva, dio el salto al gran Nacional. Corría 1917 y Scarone tenía 19 años.

En aquel Nacional ya era figura otro ariete apodado "El rasqueta", Carlos Scarone, hermano mayor de Héctor. Su condición familiar llevó a que, en sus inicios, el recién llegado fuera llamado "El rasquetita". Los hermanos Scarone llegaron a jugar juntos casi diez años en el equipo tricolor, obteniendo seis ligas conjuntamente, además de la Copa América de 1917. Pero el tiempo opacó la figura de Carlos ante la de Héctor, que después de la retirada de su hermano obtuvo otra Liga Uruguaya más, tres Copas América, dos oros olímpicos y un Mundial, llegando a ser considerado el mejor jugador de su época.

Un adelantado a su tiempo

Como interior diestro o mediapunta, era imprevisible, ya que nunca se sabía por el costado que se iba a escapar. Era infalible a pelota parada, y tenía un inmenso catálogo de regates. Pese a su corta estatura (1,72 m), era un magnífico cabeceador, dado que sabía elevarse en el momento oportuno, descolocando a sus marcadores. Según cuenta el escritor uruguayo Eduardo Galeano, “sabía esperar el esférico en suspensión, violando la ley de gravedad”. También fue un adelantado en su divismo. La prensa de la época lo apodaba "La Borelli", prima donna de aquel entonces, debido a sus reacciones imprevisibles y caprichosas.

Su historial en la selección comenzó en 1917, cuando se puso en juego la primera Copa América oficial. En la final disputada en Montevideo, Scarone, a sus 19 años, anotó con un certero cabezazo el único gol de la final con la que los celestes derrotaron a su eterno rival, Argentina. Luego llegaron otras cuatro Copas América para Uruguay, y 13 tantos lo colocaron entre los cinco primeros goleadores históricos del añejo torneo. Además es el jugador que más goles realizó en un solo partido de la Copa, anotando cinco de los seis que Uruguay le endosó a Bolivia en la edición de 1926.

Con motivo de los Juegos Olímpicos de París de 1924, el combinado charrúa realizó una gira previa de nueve encuentros, sin perder ninguno. Durante los Juegos, Uruguay ganó todos sus partidos por al menos tres goles. El mejor jugador, y cuarto goleador del torneo con cinco tantos, fue Scarone, en el que fue su primer cameo internacional y que le valió el reconocimiento del mundo entero. Al vencer en dicha final, el conjunto uruguayo decidió saludar al público de las gradas, que había quedado maravillado con aquel desconocido seleccionado sudamericano. Para ello, los jugadores dieron una vuelta alrededor del campo saludando a todas las tribunas. Fue la primera "vuelta olímpica" de la historia.

Cuatro años más tarde, Uruguay volvió a los Juegos Olímpicos, esta vez en Amsterdam. Nuevamente arrasó hasta llegar a una final ‘rioplatense’. El primer tiempo finalizó con Uruguay y Argentina empatando a uno. La igualada se rompió en el minuto 20 de la segunda mitad cuando Tito Borjas hizo un regate, pasó a Scarone y le gritó: "¡Tuya, Héctor!". Scarone recibió el balón y anotó el gol que le dio el segundo oro olímpico a Uruguay. Dicha frase quedó impregnada en la sociedad uruguaya y sigue utilizándose hoy en día cuando alguien pasa una responsabilidad final a otro.

El Primer Mundial

El círculo triunfante se completó en 1930, cuando la FIFA organizó su primer Mundial y, además, en territorio uruguayo. Scarone ya no era el mismo jugador de diez años atrás. Sin embargo, no desentonó para que, nuevamente ante Argentina, Uruguay venciera 4-2 en la final para consagrarse como el primer campeón del mundo.

Tras el oro de París, en 1924, Scarone retornó a Nacional, realizando una gira por Europa un año después. En abril de 1925, se enfrentaron Nacional y Barcelona en Las Corts, ante 50.000 espectadores. El Barça era un rival de primer nivel y se puso 2-0 con goles del otro mago, Samitier. Sin embargo el conjunto uruguayo logró empatar con tantos de Urdinarán y Scarone.

Tan buena fue la imagen que dejó, que en 1926, tras alzar siete ligas con Nacional, el Barcelona decidió ficharlo, en lo que se consideró en su momento como la primera gran contratación internacional realizada por el club azulgrana.
No obstante, pese a ganar una Copa y un Campeonato de Catalunya, "El mago" no pudo triunfar en España. Algunas versiones atribuyeron su fugaz paso por el Barcelona a Josep Samitier, gran figura azulgrana, a quien se le acusó de no facilitarle balones. Sin embargo, ambos lo desmintieron.

Según cuentan, Scarone rechazó un contrato millonario para continuar en el Barcelona, con la intención de jugar los Juegos Olímpicos de 1928. En aquella época sólo podían participar en los Juegos deportistas amateurs, y el contrato ofrecido era profesional. "Yo pensaba en mi patria, en que pronto vendrían las Olimpíadas y en que debía vestir la camiseta celeste. Pensé en Nacional, mi club de corazón, y decidí no firmar", declaró Scarone. Este tipo de decisiones ganaron el corazón de la afición uruguaya.

Con decenas de títulos a cuestas, entre ellos una Copa del Mundo, emprendió un nuevo viaje a Europa. Esta vez fue Italia, donde en 1932 fichó por el Inter de Milán, equipo en el que permaneció un año, para luego jugar en el Palermo. De nuevo, pese a disputar más de 50 partidos y anotar 20 goles, su periplo europeo no acarreó gran éxito y en 1934 volvió al Nacional de sus amores, donde obtuvo su octava Liga. Permaneció allí hasta 1939, cuando con 41 años decidió retirarse jugando en el Montevideo Wanderers, equipo de media tabla de la Primera División uruguaya. Pese a su retiro profesional, siguió derramando su talento hasta 1950 en categorías de veteranos, ya con más de medio siglo a sus espaldas.

Tras su retirada, como tantos otros, se pasó a los banquillos y se convirtió en entrenador. Dirigió al Millonarios de Bogotá, con los argentinos Di Stefano y Pedernera; al Real Madrid, sustituyendo al inglés Keeping a principios de los años cincuenta; y al club de sus amores, Nacional, para luego convertirse en colaborador de la institución, enseñando a rematar a portería a los nuevos jugadores.

Cartero de profesión

Curiosamente, como el fútbol de aquella época era diferente al actual, pese a sus triunfos difícilmente igualables, Scarone nunca dejó su empleo en el Correo de Montevideo, donde trabajó como cartero hasta jubilarse. Un trabajador, como cualquier ser humano de carne y hueso. En sus palabras de despedida frente al féretro en el cementerio, el capitán de todos esos equipos, José Nasazzi, dijo: “Éramos jóvenes, éramos ganadores, estábamos unidos, creíamos que éramos indestructibles”. Tras su fallecimiento, una de las tribunas del Parque Central (Estadio del Nacional) fue rebautizada como Héctor Scarone, el ‘mago’ charrúa que marcó una época.
Fuente: Don Balón