
A la vez el estadio más emblemático de la creatividad del fútbol universal maltrató a los tacaños en arte y belleza, a los calculadores. Nunca autorizó que ganaran los mezquinos que no honraban el buen juego y el arte del fútbol. Siempre castigó el juego rácano. Siempre premió el arte del fútbol, la magia, la sorpresa y la alegría.
En 1970, para buen juicio final, el estadio Azteca decidió una final Brasil-Italia, la belleza ofensiva y creativa contra la fealdad defensiva y destructiva. Los 120.000 espectadores enamorados de Brasil, un país hermano y un pueblo y un fútbol alegre, nunca dudaron: 4-1 GANÓ LA BELLEZA EN EL ESTADIO AZTECA.
En 1986, Argentina-Alemania. Otra vez el estadio Azteca decidía una final de géneros diferentes y premiaba la belleza ofreciendo la victoria del arte argentino de Maradona y castigando el fútbol rácano alemán de Matthaus, menos vistoso que el de los Beckenbauer, Overath, Maier, Seeler y Muller, infelices en 1970, en la prórroga más bónita de la historia ante Italia (3-2). 120.000 espectadores enamorados del hermano Maradona no dudaron: 3-2, GANÓ MARADONA A MATTHAUS EN EL ESTADIO AZTECA.
Este mismo año 86, no pudieron pisar el Azteca, otras dos grandes estrellas, por haberse enfrentados Brasil y Francia en cuartos, en un partido memorable, en el Jalisco de Guadalajara: Platini y Zico. Luego, en la semifinal, la Francia de Platini, Giresse, Tigana y Rocheteau caía ante Alemania, sin poder luchar. Habían jugado su final ante Brasil. El Azteca elige a pocos.
Mientras hoy en día, en el estadio del sol de los aztecas, juegan como locales América y Necaxa, sin muchas ilusiones de subir al olimpo, LA HISTORIA DEL ESTADIO AZTECA SÓLO ELIGIÓ A LOS DOS MÁS GRANDES. MARADONA Y PELÉ.
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