Leônidas da Silva

Tenía el tamaño, la velocidad y la malicia de un mosquito. En el Mundial del 38, un periodista francés, de la revista Match, le contó seis piernas, y opinó que tener tantas piernas era cosa de magia megra. Yo no sé si el periodista francés habrá advertido que, para colmo, las muchas piernas de Leônidas, podían estirarse varios metros y se doblaban o se anudaban de diabólica manera.

Leônidas entró en la cancha el día que Arthur Friedenreich, ya cuarentón, se retiró. Él recibió el cetro del viejo maestro. Al poco tiempo, su nombre ya era marca de cigarillos y de chocolates. Recibía más cartas que un artista de cine: las cartas pedían una foto, un autógrafo o un empleo público.

Leônidas hizo muchos goles, que nunca contaron. Unos cuantos fueron cometidos desde el aire, los pies girando, cabeza abajo, de espaldas al arco: él fue muy diestro en las acrobacias de la chilena, que los brasileños llaman "bicicleta". Los goles de Leônidas eran tan lindos que hasta el arquero vencido, se levantaba para felicitarlo.
Fuente: Eduardo Galeano

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