Faas Wilkes

Llegó a Valencia en el verano de 1953 y su presencia, más allá de lo futbolístico, porque era un monstruo del balón, se convirtió en un fenómeno social que arrastró a Mestalla a aquellos que nunca habían pisado ese recinto. Faas Wilkes entró con sus regates en la historia del Valencia y fue el primer futbolista de la historia cuyos goles fueron celebrados con flamear de pañuelos. Falleció el pasado 15 de agosto.

Uno, dos, tres, cuatro… los aficionados, que acudían a Mestalla exclusivamente para verle jugar, contaban sus driblings y los defensas que quedaban sentados sobre el césped víctimas de los regates de aquel holandés que llegó al Valencia en 1953. Su nombre era Servaas Wilkes Laarts, aunque todo el mundo lo conoció como ‘Faas’ Wilkes. Nacido el 13 de octubre de 1923 en Rotterdam, siempre demostró una gran facilidad para destacar en cualquier deporte, de la natación al fútbol, aunque al final se decantó por el mundo del balón. Ya a los 18 años en las filas del Xerxes, en el que su hermano jugaba de portero, comenzó a labrarse una fama de delantero elegante dueño de un desborde impredecible para sus rivales. A los técnicos les impresionaba su figura y la forma que tenía de llevar el balón cosido a la bota. Y su carrera creció a ritmo vertiginoso.

Convertido en internacional y en verdadero ídolo, el 10 de mayo de 1947 se enfunda en el HampdenPark de Glasgow la camiseta de la FIFA ante 137.000 espectadores que acudieron para festejar el regreso de Gran Bretaña al máximo organismo futbolístico. Wilkes formó al lado de Parola (Italia), Gren y Nordhal (Suecia) y De Rui (Francia), seleccionado por el austríaco Kart Rappan: perdieron por 6-1, aunque el resultado fuese lo de menos. El holandés cautivó a Europa cuando todavía era un jugador amateur. Wilkes regresa a Holanda y comienza a pensar en la idea de pasarse al profesionalismo. Ofertas no le faltan y, finalmente, acepta una jugosísima del Inter de Milán, por el que ficha en la temporada 1949-50.

Ya en San Siro, con la elástica neroazzurra, formará pareja con el húngaro Istvan Nyers: el Inter fue el precursor en el fichaje de jugadores extranjeros a finales de los años 40. Ambos hicieron las excelencias de la afición interista, pero el equipo queda tercero en su lucha por el Scudetto muy lejos de la Juventus. La siguiente temporada, el Inter termina segundo tras el eterno rival, el Milan, y en su tercera temporada consigue otro tercer puesto. En total disputa 95 encuentros en los que anota 47 tantos. No ganó títulos, pero Wilkes caló hondo entre los aficionados por su manera espectacular de acariciar el balón. Cogía la pelota en el centro del campo y lo llevaba hasta el área contraria. Un futbolista distinto en esa época, solitario, al que en ocasiones sus compañeros le reprocharían un excesivo individualismo. Así se marchó al Torino, que después la tragedia de Superga de 1949 llevaba tiempo construyendo un equipo nuevo que hiciera olvidar al que comandara Valentino Mazzola.

Wilkes parece el jugador idóneo para ser la estrella del club granate y llega a Turín en el verano de 1952. Juega la temporada 52-53 y precisamente a finales de esta temporada, el 20 de junio, el Torino visita Mestalla, para disputar un partido de homenaje al gran Antonio Puchades (venció el Valencia por 4-1). Wilkes sentó cátedra y todos, en las gradas y en el palco, preguntaron por el nombre de ese larguirucho que parecía siempre tener el balón adherido al pie. Ese interés se tornaría poco después en un contrato.

Su paso por Mestalla causó sensación, sobre todo en su primera temporada, en la que anotó 18 goles en 28 partidos y durante la que levantó continuamente de sus asientos a la afición valencianista con sus regates inverosímiles. Sus espléndidos goles eran celebrados con flamear de pañuelos, algo insólito por quedar reservado para los toreros en las tardes de gloria. Debutó con el Valencia en el Sardinero, duelo que el equipo entrenado por Quincoces perdió por 3-1.

El Valencia terminaría levantando la Copa pero Wilkes, en su condición de extranjero, no pudo jugar. El club ‘che’ estaba inmerso en la remodelación del gran Mestalla y siempre se ha dicho que las actuaciones del astro tulipán pagaron la construcción de la nueva tribuna. Al recinto acudía gente que nunca había pisado el estadio, para ver exclusivamente las actuaciones de aquel genio del balón. Su temperamento impredecible y visión, que en ocasiones no entendían ni sus propios compañeros, hizo acuñar una frase mítica que se adjudicó a algún jugador del Valencia de aquella época: ”Què fas, Faas? ” (¿Qué haces, Faas?).

Sin embargo, en las restantes temporadas su rendimiento decayó al serle diagnosticado bocio, enfermedad de la que hubo de ser intervenido quirúrgicamente y que le obligaba a vivir frente al Mediterráneo en la playa de la Malvarrosa. La siguiente campaña, una lesión truncaría su carrera de nuevo. Wilkes era sometido a marcajes durísimos y en más de un partido terminó siendo cazado. Maltrecho, tuvo que pasar por el quirófano y se marchó a Holanda a recuperarse a finales de temporada. El Valencia terminó quinto en la tabla y su contrato, renovado por un año más. En la tercera temporada, 1955-56, Wilkes volvería a demostrar su categoría con 12 goles en 19 partidos, aunque ya acusa sus 33 años. Pese a que Wilkes sólo militó tres cursos en el club levantino, el holandés se ganó el cariño y la admiración de todos. Causó baja en el Valencia el 30 de junio de 1956, tras disputar 63 partidos de Liga y marcar 38 goles.

Nadie le olvidó. Hasta el punto que el club organizó un partido homenaje, junto al que había sido portero durante muchas temporada, Ignacio Eizaguirre. Dicho homenaje se celebró el 19 de marzo de 1957 cuando Wilkes ya había regresado a Holanda para jugar en el Rotterdam, un pequeño club que le convenció para no dejar el fútbol. Wilkes y Eizaguirre recibieron ese día de San José el cariñoso reconocimiento del público ‘che’ en un duelo ante el Wolverthampton.

La temporada siguiente, Wilkes ficha por el Venlo y brilla a gran altura en la Liga Holandesa. En verano vuelve a las playas valencianas de vacaciones y recibe una oferta del club para regresar, que no se concreta.

Entonces, recibe una propuesta del Levante, que juega en Segunda División e intenta dar el salto de categoría: la acepta sin pensarlo dos veces. Wilkes le costó al equipo de Vallejo un millón de pesetas, una fortuna para la época. Defendió la camiseta del Levante en una temporada en la que los ‘granota’ estuvieron a punto de ascender (finalizó en segunda posición, pero perdió la promoción contra la UD Las Palmas). Terminada la campaña, se retiró definitivamente en su país.

Pero el valencianismo continuó en su corazón y disputó algunos encuentros amistosos como el del 17 de marzo de 1959 frente al Stade de Reims de Just Fontaine (ganó el Valencia por 2-1) que sirvió para inaugurar la iluminación eléctrica de Mestalla.

Al colgar las botas se decantó por los negocios. Inauguró una tienda de moda en Rotterdam que bautizó con el nombre de ‘Monísima’, una palabra que recordaba su paso por España. El Valencia tampoco olvidó a Wilkes. La última vez que el equipo estuvo en Rotterdam (en 2003, para enfrentarse al Maccabi Haifa), recibió un entrañable reconocimiento en el que se le impuso la insignia de oro y brillantes del club. Por eso se sintió tanto en la capital del Turia la desaparición, el pasado 15 de agosto, del primer gran holandés de nuestra Liga.
Fuente: Don Balón

1 comentario:

Julián dijo...

Muy buena la historia de este jugador.
Salute.

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