Pedernera

"Me atajé un penal que va a quedar para la historia de Leticia", contaba en carta desde Colombia, un joven argentino. Se llamaba Ernesto Guevara, y todavía no era el Che. En 1952, él andaba a la ventura por los caminos de América. A orillas del río Amazonas, en Leticia, fue entrenador de un equipo de fútbol. A su compañero de viaje, Guevara lo llamaba "Pedernerita". No tenía mejor manera de elogiarlo.

Adolfo Pedernera había sido el eje de "la Máquina" de River. Este hombre orquesta ocupaba todas las posiciones, de una punta a otra de la línea de ataque. Desde atrás, generaba juego, metía pases por el ojo de la aguja, cambiaba de marcha, sorprendía en el pique; adelante fulminaba arqueros.


Las ganas de jugar le hacían cosquillas en el cuerpo. No quería que los partidos terminaran nunca. Cuando caía la noche, los funcionarios intentaban, en vano, echarlo de los entrenamientos.

Querrían arrancarlo del fútbol, pero no podían, porque era el fútbol quien se negaba a desprenderse de él.
Fuente: Eduardo Galeano

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